Midnight Family ★★★★½

El único dato duro que nos ofrece Familia de medianoche (Midnight Family, 2019) es que en la Ciudad de México hay 45 ambulancias del gobierno para atender a los heridos y enfermos de entre nueve millones de personas. Por sí solo es un dato desconcertante y quizás aterrador. Ay de quien se accidente, porque se va a morir o le va a costar. Las ambulancias que se encargan de la mayoría de los transportes a hospitales y clínicas en la ciudad son privadas, y nuestra suerte no da para que sus servicios los pague el gobierno, rebasado como en muchas de sus responsabilidades. A pesar de este solo dato que se ofrece al principio del documental, y de un estilo que se permite momentos de paz y desolación, Familia de medianoche logra más que buena parte del periodismo nacional con su crónica de una familia que sale todas las noches a buscar dinero en la desgracia. No son, insisto, la investigación minuciosa ni los datos, sino las escenas de su crónica lo que nos revela sutilmente las contradicciones en una ciudad colapsada.

A la mayoría de los documentalistas —y de los cineastas y audiencias— les gusta la moralidad definida y los personajes claros. A menudo nos encontramos con películas biográficas sobre gente buena que no conoce el abuso o el error, pero la enorme virtud del director estadounidense Luke Lorentzen y Familia de medianoche es que se rehúsan al juicio tanto en favor como en contra de sus protagonistas. Los Ochoa, en la película, son contradictorios y complejos, como cualquier otra víctima de esta ciudad. Si bien sus prácticas a veces resultan abusivas o negligentes, es claro que sus errores son también responsabilidad de un gobierno inepto. En otras ocasiones los Ochoa muestran la nobleza de no cobrar, que los perjudica y los mantiene viviendo en un departamento donde a veces no hay gas y las camas son un lujo fuera de su alcance. Tal vez sea fácil juzgarlos cuando se aceleran peligrosamente para ganarle la víctima a otra ambulancia, pero esa primera impresión se complica cuando los vemos salvarle la vida a un bebé. Su padre, con el cerebro blando de tanto inhalar pegamento, no entiende la gravedad de lo que pasa y sonríe mientras ve al niño revivir. Ni cómo cobrarle la resurrección.

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