Once Upon a Time in Hollywood ★★★½

El Festival de Cannes fue este año uno de introspección entre sus invitados de mayor peso. Pedro Almodóvar recordó su carrera, sus amores y a su madre en Dolor y gloria (2019), mientras que Terrence Malick insistió en A Hidden Place (2019) —como en toda su obra reciente— en que la bondad es un camino inequívoco a la gracia. En Había una vez… en Hollywood (Once Upon a Time in Hollywood, 2019) Quentin Tarantino nos ofrece un parque de diversiones donde sus referentes favoritos —cinematográficos, musicales, culturales— se asoman como botargas para que la audiencia los reconozca y los abrace tanto como él mismo. Es un recorrido tierno —una palabra que nunca se me habría ocurrido asociar con Tarantino— que concluye con una desproporcionada y violenta venganza, quizá para recordarnos quién dirige la película pero sobre todo para afirmar a las cintas de explotación como el salvamento del cine. En suma, esto no quiere decir que Tarantino haya hecho una obra maestra, pero sí que Había una vez… en Hollywood es probablemente su película más íntima y una especie de testamento.

Una de las limitantes para la grandeza es el ritmo narrativo, que resulta bastante extraño. De hecho se podría decir que todo lo anterior a la secuencia final es una larguísima exposición que, más que revelar carácter e intención en los personajes, los utiliza para pasearse por el Hollywood de fines de los 60. Incluso vemos parodias de la época en el estilo visual de noticiarios, programas y películas; oímos su música en radios de coches e interiores, y brotan sus personajes —de Sharon Tate a Bruce Lee— como topos en una maquinita. Es discutible qué tan bien funciona. ¿Se trata de una subversión de la narrativa tradicional o de pobreza en la estructura dramática? Dado que Tarantino infructuosamente intentó algo similar en Los ocho más odiados (The Hateful Eight, 2015), me inclino a pensar que la muerte de Sally Menke, la editora de casi toda su filmografía, ha afectado su obra severamente, aunque al mismo tiempo le ha dado un riesgo inesperado: si antes el tiempo era convencional y llanamente dramático —todo lo que sucedía en pantalla estaba diseñado para contar la historia—, ahora Tarantino se conduce con calma, no para contemplar las imágenes pero sí para desarrollar placenteras naderías en conversaciones engendradas por el famoso diálogo de la Royale con queso.

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