A Silent Voice

Nadie nace sabiendo qué es la empatía. Y es lógico. No pudiendo conocer las vidas de los otros, siendo ajenos a sus circunstancias y sus pensamientos, nuestra capacidad de ponernos en el lugar del otro pasa, necesariamente, por pasar tiempo con otras personas. Haciéndonos conscientes de que ellos también sangran, lloran, sufren y si a veces hacen cosas que no comprendemos o nos molestan, por lo general, no es por maldad o porque quieran molestarnos, sino porque son otra persona. Alguien con sus propias tribulaciones, vivencias y problemas que nunca podremos alcanzar a comprender del todo.

Pero del todo es menos que en absoluto. Porque eso es la empatía: aprender a leer en los otros aquello que no nos resulta claro ni siquiera en nosotros mismos.

Ahora bien, ¿cuánto menos claro cuando ese algo es algo que además damos por sentado? Cuando se trata de alguna deficiencia de alguna clase, cuando es algo que limita de uno u otro modo la experiencia mundana de los otros, ¿hasta qué punto nos es posible empatizar con ellos? Eso es lo que se pregunta Koe no Katachi. Y lo hace a través de la historia de Shouko Nishimiya, una chica sorda, y Shoya Ishida, el chico que le hace bullying.

En realidad eso es sólo una minúscula parte de la película. Apenas sí el prólogo. Pasada su infancia, consiguiendo finalmente que Nishimiya se vaya del colegio al sumar a sus (naturales) dificultades para adaptarse el insidioso esfuerzo de Ishida y todos sus compañeros por hacérselo pasar mal, llegamos al presente. Donde un Ishida ya adolescente decide pedirle perdón antes de suicidarse.

Ese es el punto clave de la historia. Que ninguno de los dos es capaz de escuchar a su entorno. Son incapaces de comprender cómo se sienten los otros, dando por hecho que o bien son todos malas personas buscando hacerles daño (Ishida) o buenas personas cansadas por la dura carga que suponen (Nishimiya). Pero eso no termina sólo en la pareja protagonista. Todas las personas que les rodean caen en exactamente el mismo problema. Yuzuru, hermana de Shouko, teme la posibilidad de perder a la gente que le rodea —de ahí que siempre vista como un chico y vea todo a través de su cámara, porque le hace parecer más fuerte y porque le permite ver todo desde la distancia, sin implicarse—; Naoka Ueno, amiga de Ishida, es incapaz de ser sincera con sus sentimientos y reconocer que si es desagradable con los demás es por su propia inseguridad; y Miki Kawai, encargada de clase, está tan obsesionada con mostrarse como una buena chica que es incapaz de ver el daño que hace a la gente que le rodea. Todos ellos son incapaces de escuchar. Literal o metafóricamente. Todos están demasiado sumidos en sus propios pensamientos, en un modo de ver el mundo que los quema y destruye lentamente.

De ahí que Ishida vea a todas las personas con la cara tachada. Porque no ve. No oye. No reconoce. Los demás son monstruos, potenciales personas puestas ahí para hacerles daño, a excepción de su familia y, por supuesto, Shouko y su familia, víctima de aquello que él fue una vez ya hace mucho tiempo.

Eso no quita para que haya personajes capaces de escuchar. Y que sean ellos los que obligan a Ishida a salir de su cascarón. Ya sea su madre, quien no tiene problemas en descubrir el intento suicida de su hijo, ya sea su amigo Nagatsuka, quien decide no separarse nunca de Ishida después de que éste le ayudara desinteresadamente con un bully, durante la primera parte de la película todo gira entorno a como Ishida empieza a salir de su cascarón. Cómo, a pesar de que la vida le de no pocos puñetazos, él quiere volver a creer en la gente, incluso si después de que consiguiera que Shouko se fuera del colegio todos sus compañeros de clase se volvieron contra él y le hicieron lo mismo que hasta días antes le habían estado haciendo a ella.

Dado que Koe no Katachi trata de eso, sobre la incapacidad de escuchar y abrirse poco a poco al sonido del mundo, es lógico que el diseño vaya en la misma dirección.

Ya sea la banda sonora de Kensuke Ushio, un trabajo excepcional de electrónica con pequeños aspavientos glitch donde el ruido de la propia grabación se dejó intencionalmente para remitir hacia esa idea de abrirse a un mundo lleno de cosas que no entendemos, hasta las propias decisiones de diseño visual, como las caras tachadas o la elección de un escenario modernista para la primera cita a solas entre Shouko e Ishida, todo nos remite hacia esa idea de abrirse hacia la extrañeza, hacia lo otro, sin desestimar la belleza de los detalles. En cómo en lo que no entendemos, en lo que es diferente y desconcertante, puede esconderse algo interesante. Digno. Bello a su manera. Incluso si, para empezar, no somos capaces de comprenderlo.

Porque al final Koe no Katachi no es una historia de amor. Ni siquiera una historia sobre la necesidad de la empatía. Es la historia de cómo, para abrirse a los otros y, además, ser capaces de amar, debemos aprender que, primero y antes de nada, es necesario aprender a amarnos a nosotros mismos.

Eso explica que Ishida y Shouko quisieran estar muertos, porque se ven como un lastre para todos cuantos les rodean. Pero eso también va para aquellos cuyas heridas ahondan menos profundo. Yuzuru quiere no ser percibida como chica para poder defender mejor a su hermana, Ueno quiere que desaparezca todo el mundo para que Ishida le haga caso —o para ser más exactos, que todo el mundo desaparezca para Ishida menos ella— y Kawai quiere que todos la tomen por un ser de luz perfecto para no tener que lidiar con la posibilidad de la culpa o el rechazo. En suma, su problema no reside en no ser capaces de no entender al otro, sino en no ser capaces ni de entenderse a sí mismos.

Porque el amor por el otro empieza por uno mismo. Y más importante que si Shouko e Ishida acaban juntos es que, al final, logran aceptarse de tal modo que son capaces de conectar con los demás: descubren la felicidad de tener amigos, familia, personas que los quieren por quienes son y por lo que deben amar de sí mismos. Porque para eso sirve la empatía, ya no para comprender al otro, sino para comprender porqué el otro ama en nosotros aquello que no podemos ver.

Y al hacerlo, en un futuro, Ishida tal vez entienda que cuando Shouko señalaba la luna no quería que se fijara en la luna, sino en el dedo.