After Earth

Existe una frase hecha que dice «hay quienes nacen con estrella y quienes nacen estrellados». Algo que viene muy a cuento si hablamos de la curiosa relación entre la familia Smith y el declamado críticamente M. Night Shyamalan.

Will Smith es un actor limitado. Siendo amables. Pero por la fortuna de una serie de televisión popular, El Príncipe de Bel Air, y lo que se le supone jugar bien sus cartas, ya que hace y deshace en Hollywood bien que mal como se le antoja, es capaz de hacer, básicamente, lo que le parezca. Incluso financiar la carrera cinematográfica de su vástago, Jaden Smith.

En otras palabras, Will Smith nació con estrella.

M. Night Shyamalan es un director con estilo propio, talento desbordante y un savoir faire que se aprecia incluso en sus mayores fracasos. Porque tiene muchos. Y de todos los colores. A pesar de su éxito con El Sexto Sentido, tanto crítica como público han ido condenándole al ostracismo por ser exactamente lo que mostró desde su primer (y único) gran éxito: un genial cuenta cuentos con madera de manipulador emocional. Un director más interesado en contarnos cuentos perfectamente hilvanados a través de su aterradora belleza que simplemente regurgitarnos lo que el público espera.

En otras palabras, M. Night Shyamalan nació estrellado.

After Earth es la película donde confluyen ambos mundos. Por un lado, la estrella, se enamora de la película que nadie quiere financiar y se rasca el bolsillo para asegurarse no sólo de que se hace, sino que también tendrá el papel protagonista junto con su vástago; el estrellado sabe que, o acepta, o no habrá nunca película. ¿Y quién puede decirle que no a Will Smith cuando se le pone algo en los cojones?

El resultado es el que cabía esperar. Con un Jaden Smith incapaz de expresar emociones humanas y un Will Smith que ya pasa de actuar, un departamento de arte compuesto exclusivamente de supervivientes de una lobotomía y un guión flácido que requería de un presupuesto mucho mayor, la película no fue sólo una impresionante hostia de público, sino también de crítica.

Ese es el problema. La crítica.

Y el problema es la crítica porque la película es una pequeña, minúscula y no demasiado valiosa, joya.

Shyamalan levanta a pulso una película donde no tiene ni una cuarta parte de los recursos que necesita para firmar una epopeya de ciencia ficción emocionante y vibrante donde, en ocasiones, incluso es capaz de ponerse poético. ¿Que los Smith son habitantes perpetuos del valle inquietante? Hace que los bichos CGI lleven el peso de los momentos emocionales. ¿Que el planeta no puede parecer tan exuberante como debería? Juega con planos cerrados y aéreos para buscar instantes de belleza poética respirando a través de sus limitaciones. ¿Que el guión tiene escenas de acción sin pies ni cabeza? Pues las rueda con tanta elegancia que, para vergüenza del resto de directores de Hollywood, no sólo se entienden, sino que resultan impactantes y fáciles de seguir.

Aquí el problema ya no son los Smith ni el departamento de arte ni el guionista. Que también. Es la crítica. Porque donde el público es volátil, la crítica debería ser una constante. No debería dejarse influir por los logros o veleidades anteriores del autor. Y si Shyamalan filma aquí un cuento espacial precioso, lastrado por una cuadrilla de inútiles, se le debería reconocer ese mérito: sacar diamantes de una tierra estéril.

Porque si Shyamalan nació con estrella o estrellado nos debería ser indiferente. Deberíamos juzgar sólo las películas. Y si no podemos reconocer que After Earth tiene algo, incluso dentro de todas sus limitaciones y problemas, entonces es que pesan en nosotros más los prejuicios que la razón.

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