Alien: Covenant

¿Cuántas películas puede sostener una misma narrativa sin resentirse? Según Ridley Scott, tres.

Alien: Covenant es tres películas. Tres películas diferentes, hilvanadas a la perfección, pero con tres tonos tan disonante entre sí, tan bien diferenciados, que casi resulta ridículo pretender que todo es fruto del cambio tonal. Y para comprobarlo, nada mejor que explicar las tres películas.

Alien: Covenant empieza siendo Prometheus 2. Tenemos la nave, el robot haciendo trabajo de machaca —de nuevo, Michael Fassbender, hipnótico, haciendo de inteligencia no-humana— y el descubrimiento de un planeta extraño vía señal desconocida. Descenso al planeta. Científicos con deficiencias mentales graves. Catástrofe garantizada por una serie de nuevas criaturas, esta vez unos preciosos xenomorfos albinos, que diezman a la tripulación mientras intentan recomponerse para huir del lugar.

Prometheus 2 es la introducción de Alien: Covenant. Nos presenta el contexto, nos da el conflicto; hace lo que tiene que hacer una buena introducción.

De ahí saltamos a una preciosa escena de combate nocturno, con los neomorfos —que así se llaman los cuquísimos albinos—, interrumpida por un extraño vestido con capa y capucha que no sólo les salva, sino que les lleva a su palacio. Una enorme pila de piedra, un cementerio vivo con un jardín lleno de estatuas de criaturas humanoides, que nos remite hacia los delirios góticos más alucinados.

Aquí empieza, digamos, Covenant. Un anime escrito por Gen Urobuchi cuando, tras viajar en el tiempo y conocer a Lord Byron, le calzó una hostia por llorón y decidió crear el anime allende el siglo XIX, aprovechando que, en plena efervescencia (del opio y la neurosífilis) romántica, a nadie le extrañaría que invente el cine animado antes de la existencia del cine.

Esta es la parte más fascinante de Alien: Covenant. Siguiendo los temas del doble, la paternidad y el papel de dios, con un pie entre una (buena) lectura de Nietzsche y el delirio à la Shelley más estricto, todo se convierte en un duelo interpretativo entre Michael Fassbender (con el pelo corto) y Michael Fassbender (con el pelo largo) para intentar dilucidar cuál es la esencia de lo humano, lo divino y lo sintético mientras humanos, frágiles y derrotados humanos, insisten en no entender que unas catacumbas, un genocidio, un ser sintéticamente perfecto o un poema son creaciones equivalentes e igualmente bellas entre sí.

De hecho, esa es la única función de los humanos en esta parte: no saber. Huir, gritar, dejar que el ambiente sea gótico.

Luego, con la llegada del xenomorfo y el regreso al espacio, todo se dirige hacia el climax. De hecho, abandonamos los pastos góticos de un posmodernismo enloquecido para volver al clasicismo contemporáneo. Volvemos a la belleza de H.R. Giger, el slasher y castigar al que folla; ave María purísima, vela por nosotros pecadores.

Amén.

De los griegos fuimos a los paganos y de estos a los cristianos.

Pero como en el espacio nadie puede oír tus gritos, todo se convierte en Alien 7. Esa mezcla de acción, angustia y claustrofobia donde, para acabar con el xenomorfo, hay que valerse de todo el ingenio posible, hacer sacrificios y repetir la misma fórmula, película tras película, sólo que cada vez con más acción.

Salvo porque no acaba ahí. Al final volvemos a Prometheus 2: neoclasicismo lo llaman. Todos se van a dormir, la aventura continuará, de algún modo. ¡Pero no se conforma con eso! El último giro que se ha ido preparando, es que, la película, nunca ha querido ser Prometheus 2 o Alien 7. Quería ser lo otro. El anime gótico del siglo XIX; quería ser posmoderno. De ahí que aparezca Fassbender y decida, por su sintética capacidad actoral, que todo esto no era más que una de esas novelas góticas tan extrañas, tan evocadoras, en tiempos del posmodernismo entendido como lo que es: algo que siempre ha estado ahí.

Pues si crees que la disgresión y el metacomentario lo inventó un francés, estaría bien que revisaras los orígenes de la literatura.

Eso justifica este viaje. El hecho de Alien: Covenant sea tres películas. Dos de ellas, refritos indisimulados. Porque la tercera, oh, la tercera: la tercera es una patada en la boca.

Una obra maestra.

Y por esa última innombrada, personificada en Fassbender Desencadenado, Alien: Covenant será celebrada.

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