Baby Driver

Impacto emocional. Ritmo. Constante in crescendo. Es todo lo que necesita un guión para mantenernos atentos a la pantalla.

Lo anterior no es ninguna boutade. Nuestros cerebros, esas maravillosas máquinas de precisión generadas por milenios de selección natural, tienen un circuito cerrado muy específico. No son capaces de mantener atención por mucho tiempo, pues eso nos permite evitar situaciones de peligro donde no podamos defendernos; les gustan los patrones rítmicos, porque permiten entrar y salir de ellos sin esfuerzo incluso si se ven interrumpidos; y pueden recordar mejor aquello que se sale de la norma, ya que todo aquello que difiera de la normalidad puede ser un indicativo de aspectos que pueden aumentar (o disminuir) nuestra esperanza de vida. Nuestros cerebros están diseñados para sobrevivir. Para maximizar la eficiencia de las únicas dos cosas que hacemos mejor que ningún otro animal: asociar hechos aparentemente inconexos y poder hacer cosas durante largos periodos de tiempo.

De hecho, es probable que eso es lo que nos permita conducir. Tomar decisiones muy rápidas, en muy poco tiempo, pudiendo alternar rítmicamente entre largos estados de calma y breves momentos explosivos de máxima tensión sin perder nunca la capacidad básica de raciocinio.

Sin perder nunca la concentración.

Baby Driver tiene mucho que ver con todo esto. Tiene un ritmo bien marcado, va creciendo constantemente en tensión y, cuando parece que se está diluyendo su impacto, entonces llega un nuevo revulsivo emocional que hace aumentar las apuestas varios enteros para mantenernos ahí. Aferrados a la butaca. Babeando ante su ritmo perfecto. Esa sutil combinación de velocidad de crucero con puntuales persecuciones a alta velocidad con consecuciones imprevistas, drifting mediante.

Literalmente.

Porque aquí el ritmo está personificado en los coches. En las persecuciones. Pero también en su excelente selección musical, complementada con un montaje, visual y sonoro, pensado para realzar el propio sonido de las canciones. Que no dejan de ser el modo que tiene Baby, el protagonista de la historia, de comunicarse con el mundo.

Y esa forma de comunicarse es musical.

Dado que padece de acúfenos por un un accidente ocurrido en su infancia, para intentar aliviarlos pasa casi todo el tiempo con los cascos del iPod puestos. Literalmente. Gran parte de la película la escuchamos del mismo modo que Baby experimenta el mundo: cuando lleva cascos, con el montaje secuenciado siguiendo la música que él escucha; cuando no los lleva, con pequeños (e incómodos) sonidos como de membrana perforada violentamente con un punzón punteando la escena. En otras palabras, el sonido no es sólo es un gimmick. La excusa para hacer musical o diferente la película. Sino la esencia misma del personaje. Y de su conflicto.

En cualquier caso, no es que el simbolismo sea muy complejo. Lleva cascos, ergo está aislado del mundo. Los acúfenos fueron producto del accidente de coche donde murieron sus padres, producto de sus discusiones. Su madre era cantante, así que escuchar canciones relaja sus acúfenos. Blanco y en botella. Pero ahí radica su efectividad. Que todos los elementos, cada pequeño detalle, incluso los que parecen más desconectados de la premisa —las ensoñaciones 50's con Deborah esperándole con un descapotable, que simbolizan tanto la huida (como huye emocionalmente de lo ocurrido con sus padres al no dejar de escuchar música) como la aceptación (sólo deja de usar cascos cuando toma las riendas de su vida y acepta las cosas tal y como le han sido dadas)—, están todos perfectamente hilvanados dentro de la significación básica de lo que implica el sonido para Baby.

Todo ello, también, utilizado para llevar a buen puerto los mejores gags de la película. Todos ellos relacionados, de uno u otro modo, o con la obsesión compulsiva de Baby o con el ritmo de las canciones.

En otras palabras, Baby Driver está lejos de conformarse con hacer lo básico. Ese mínimo imprescindible para llegar al público general. Incluso si lo básico lo hace a la perfección.

Podríamos pasarnos todo el día desgranando pequeños detalles. Símbolos. Cómo utiliza la música para comunicar mensajes, adelantando acontecimientos o añadiendo detalles. Incluso como hasta detalles aparentemente inanes, frases que sólo parecen de relleno —«si no me volvéis a ver es que estoy muerto», «mi chico está loco más allá de lo que te puedas imaginar»—, acaban ejerciendo el papel de señales dentro de la narrativa general de la película. Porque, como ya hemos dicho, no se conforma con lo básico. Hace lo básico y después hilvana todo, hace que cada detalle corresponde a uno anterior o posterior, todo bajo el inmenso paraguas de un Baby que, si no se lleva toda la atención, es porque todos los demás personajes son igualmente inmensos.

Aprieta el acelerador, usa el freno de mano con generosidad y demarca el ritmo con soltura, pero permitiéndose dar pinceladas tan sutiles, tan hermosas y exuberantes —a fin de cuentas, decir que Wright sigue demostrándonos para qué sirve de verdad un plano secuencia o cómo debe hacerse una transición significativa ya es casi un lugar común a estas alturas—, que es obvio que está a otro nivel.

Que ha conseguido firmar algo que puede disfrutarse a un nivel primitivo, puramente superficial, pero que va más allá. Que apela a todos esos mecanismos básicos de nuestro cerebro superviviente, pero también se aprovecha de todos los daños colaterales: el placer por las historias, las correlaciones y la estética.

A fin de cuentas, hemos evolucionado para sobrevivir en entornos hostiles. Y lo hicimos tan bien, que el entorno ya es apenas sí vagamente hostil para nosotros.

Alguien como Baby puede ir escuchando música, desconectado de su entorno, chocar con gente, con coches, casi ser atropellado, y que eso no signifique que disminuyan sus posibilidades de supervivencia. Y como todavía retiene su habilidad de concentración, en los momentos de tensión, ya sea al volante o contra él, todavía puede demostrar ejemplares habilidades atléticas dignas de un Buster Keaton (pos)moderno.

Esa es la gloria de la humanidad. Fuimos diseñados para sobrevivir, y esas habilidades han pulido nuestras habilidades estéticas. Nuestra posibilidad de comunicarnos a través del arte bajo unas reglas en común no naturales, pero sí naturalizadas.

¿Cómo no iba a encontrar Baby correlación en la belleza existente entre la música, la conducción y el amor cuando las tres son dependientes de un remanente evolutivo?

O si se prefiere, cuando las tres son consecuencias estéticas. El placer por el ritmo, la rutina y conectar emocionalmente con nuestro entorno heredado por parte de un señor de las cavernas que, si se concentraba demasiado en sus labores, corría el riesgo de ser devorado por alguna clase de animal prehistórico.

Por alguna clase de coche del paleolítico.

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