Blade of the Immortal

Takashi Miike es producto de un país tan idiosincrático como lo es Japón. En cualquier otro lugar del mundo su estilo hubiera sido dado de lado rápidamente. ¿Por qué? ¿Por violento? ¿Por demencial? ¿Por extraño? No, peor aún: por prolífico.

Sólo en Japón se acepta con naturalidad que trabajar mucho no significa necesariamente trabajar peor.

La Espada del Samurai es, en todos los sentidos posibles, consecuencia de ese modo de trabajo estajanovista que le lleva a firmar cuatro o cinco películas al año. Siendo esta su película número cien, eso se hace notar en cada ínfimo detalle de la misma. No falla nada. No sobra nada. Todo es un tour de force demencial lleno de ideas, planos y secuencias absolutamente fascinantes donde siempre hay algo que aportar.

De hecho ese es el único defecto que podemos achacarle. Que esté tan condensado, tan absolutamente cargado de ideas y momentos catárticos, que todo se acaba diluyendo por pura saturación.

¿Significa eso que sería mejor película si le hubiera podido dedicar más tiempo? Parece dudoso. Pues si bien tiene problemas de ritmo —es demasiado atropellada, no da margen para que los momentos emocionales brillen con toda la fuerza necesaria— y montaje —algún pequeño non sequitur que no desluce el conjunto—, todo es causa de un guión, firmado por Tetsuya Oishi (guionista de las películas de Death Note), que pretende comprimir diez tomos de un manga, más de 2000 páginas, en dos horas y media.

Lo que ha hecho aquí Miike es prodigioso. Con un presupuesto mínimo y un tiempo ajustado al segundo, ha firmado una película elegante, llena de aciertos e ideas como pocas veces tenemos la posibilidad de ver en una sala de cine.

Y lo ha conseguido porque Miike trabaja a destajo. Porque falle o acierte, siempre está dirigiendo. Algo que le ha dado el conocimiento necesario para llevar adelante una película que, en manos de prácticamente cualquier otro, hubiera sido un naufragio.

Nada de eso quita para que, en otro mundo mejor, La Espada del Samurái hubiera sido una trilogía de 50 millones por entrega y Miike hubiera tenido tres años para grabarla. En este mundo, nadie en Japón se puede permitir eso. Y en EEUU no van a permitir que un oriental haga algo que no sea amoldarse al estilo occidental. Por eso Miike es único. Porque, como los grandes artistas de todos los tiempos, ha entendido algo importante: que entre pasarte cincuenta años para crear una obra y pasarte un año creando cincuenta obras, has de aspirar siempre a lo segundo.

A fin de cuentas, nunca vas a aprender más de una única obra de lo que puedes aprender de cincuenta distintas.