John Wick: Chapter 2

El propósito de toda performance es perturbar lo real. Distorsionar cómo se comporta el espectador con la realidad que le rodea. Sea este el espacio, las personas o él mismo. En esencia, podríamos decir que la performance es la forma nuclear del arte: experiencia pura de aquello que intenta transmitir algo capaz de transformar el mundo.

En John Wick: Chapter 2 hay mucho de performance. Su espectacular puesta en escena. Toda la narrativa subyacente, apenas sí explicada explícitamente. El hecho en sí de que el duelo final transcurra en un espacio intervenido. Porque, el mayor mérito de John Wick: Chapter 2, no es sólo llevar más lejos la propuesta —ampliando su lore, arriesgándose más visualmente, llevando al protagonista homónimo hasta el límite—, sino llevarla hacia un nuevo espacio: descubrir que, detrás de esa delicada maraña de asesinos profesionales, servicios premium e infinitas referencias cinéfilas, lo que se oculta es una obra de arte. Una performance.

No ya los escenarios, que o son exposiciones artísticas u obras arquitectónicas míticas o aspiraciones artísticas posmodernas en forma de fiestas al aire libre en medio de las ruinas. Tampoco sus imágenes icónicas, que van desde el suicidio gótico hasta la severa ausencia de mirada del Buda ante las amenazas del ente mítico protagonista. Sino el mundo en sí de John Wick.

Estamos ante un mundo que es su propia cosmogonía. El terreno de los dioses y los mitos. En otras palabras, el mundo del arte.

Es por eso que en su tour de force hacia el más difícil todavía, la película no descarrile nunca. Mas al contrario, sólo mejora. Cada descubrimiento, cada paso hacia la extravagancia, viene acompañado de una propuesta lógica: no es realista, pero es real. Y es real porque es coherente y nadie se cuestiona la posibilidad de lo que está ocurriendo.

Todo el mundo conoce a John Wick. También él conoce a todo el mundo. Y es así porque es un mundo hiperconectado. Porque del primero al último de los asesinos, arquetipos y sillas de organizaciones que no llegamos a conocer, todo sigue la lógica de un hardboiled llevado al conflicto olímpico.

No estamos viendo seres humanos. No como los concebimos en nuestro mundo. Estamos viendo el conflicto entre dioses atados por reglas que escapan nuestro entendimiento y nuestra razón, pero no el suyo.

A eso cabe sumar el espectacular uso de las formas. Los colores. La música. Sus constantes referencias a Seijun Suzuki, a Nicolas Winding Refn o Michael Mann, nunca menos aparentes que todas las veces que juega a mirarse en el espejo de unos Akira Kurosawa, Jean-Pierre Melville o Sergio Corbucci contemporáneos, desquiciados y con una impronta dejada por el goticismo, decimonónico y ochentero, que le cuesta muchísimo ocultar en sus momentos más absolutamente icónicos.

Todos artistas que merecen ser llamados dioses. Todavía vivos incluso los que nos han abandonado.

Porque ahí está la clave de John Wick. Que no es realista según nuestra limitadísima concepción de realismo. Es realista en tanto se impone sus propias reglas y las lleva hasta las últimas consecuencias. Como si la muerte de dios sólo significara, como pretendía Nietzsche, que es necesario crear nuestras propias reglas a partir de las cuales vivir. Y a partir de ellas, demostrar su valía sobreviviendo al mundo.

Y quien no quiera aceptar el juego, bien: que le jodan. Porque el ambivalismo descreído no es un problema de John Wick.

Ni de Nietzsche ni el posmodernismo, dicho sea de paso.

Porque John Wick es una performance.

Coge la realidad, la retuerce, nos la devuelve subvertida y más real de lo que jamás podríamos haber soñado. Llena de monstruos. De mitos. De dioses en las sombras, de organizaciones por encima de estados, servicios sociales o empresas. Un mundo de asesinos donde el poder de una única persona puede congelar, literalmente, una escena. Conseguir que todas las personas presentes en una plaza cualquiera sean asesinos en busca de la recompensa por la cabeza de un asesino de leyenda.

Todo eso sin poderes mágicos. Con un sentido del ritmo y de la significación artística digna de otro mundo. Todo a través de una ejemplar muestra de narrativa en la cual acabamos viendo posible que, de verdad, el mundo pueda estar movido en las sombras por hombres que devienen mitos, héroes y dioses.

Algo en lo que podemos devenir todos. Pero para eso, antes tenemos que aceptar que la realidad no existe: es sólo lo que nosotros queramos y seamos capaces de imponer como real.

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