La La Land

En la historia de la filosofía hay muchas revelaciones extáticas. Auténticos encuentros de lo que será un cambio radical en el rumbo de la historia, aunque siempre acababa siéndolo, que no es poco, en el modo de ver el mundo del filósofo. Por ejemplo, tenemos el caso de Hegel. Él, al ver entrar a las tropas napoleónicas en la ciudad de Tubinga, creyó ver al espíritu de la historia encarnado. Ahí acababa la historia. El triunfo de los ideales burgueses se personificaban en el desfile conquistador de las tropas extranjeras entrando en una pequeña ciudad universitaria alemana.

En cierto modo, es imposible no sentirse del mismo modo cuando, por fin, hace su entrada la percusión en Another Day of Sun, la primera canción de La La Land. Hay algo único e irrepetible en esa entrada triunfal.

Poéticas aparte —o al menos, aparcadas lo justo para dar contexto—, La La Land es uno de esos extraños casos donde una narrativa excepcional va de la mano con una sensibilidad artística única y una capacidad asombrosa para cristalizar un zeitgeist inexistente. Contra la falta de futuro, amor. Contra la falta de vista de los gerifaltes, pasión. Contra el futuro explotando el pasado, cambio. A todo eso ayuda que Los Ángeles que nos muestra sea tan ideal como irreal. Que no transcurra en nuestro Los Ángeles. Todo ocurre en un mundo ideal donde todo es posible no porque ese mundo sea mejor que el nuestro, sino porque algunas personas que lo habitan son mejores que nosotros.

Poseen el poder del musical.

Pero ahí es donde Damien Chazelle juega sus cartas. No estamos ante un musical clásico. Tampoco ante una rehabilitación del mismo. Aquí el musical siempre actúa en varios sentidos diferentes, dándonos un tono y un ambiente, pero también un subtexto. Cada número musical sirve para expresar algo que, en cierto modo, descoyuntaría la narrativa expresado de cualquier otro modo. No es un mero acompañamiento de adorno.

Pongamos de ejemplo la primera escena. Cualquier otra película empezaría, directamente, con el incidente incitador: en medio de un atasco la protagonista, Mia, se pone a repasar el papel para el que tiene un casting esa tarde, lo cual hace que se distraiga, no se de cuenta de que el tráfico se ha reanudado y el protagonista, Sebastian, le increpe de forma vivida por no estar atenta a la carretera. Primera escena de manual. Se conocen los personajes, nos descubren la actitud de ambos —irritable y directa en él, trabajadora y soñadora en ella; en ambos casos inseguros, pero de formas diferentes—, cimientan las bases para sus encuentros posteriores. Claro, directo, elegante. Un ejemplo de narrativa calculada al milímetro. Pero esto es un musical. Además, un musical que transcurre en la ciudad de las estrellas. Hace falta comenzar, para dar el tono de la película, de un modo algo menos amargo.

De ahí que empiece con un número musical. Estamos en medio del atasco, alguien empieza a cantar y todos los que están allí acaban acompañándola cantando y bailando, con la percusión entrando por sorpresa a media canción, haciendo, exactamente, para lo que sirven los números musicales: para dar el tono de la película.

Antes de conocer el conflicto de la película, y en vez de hacer que un narrador o un personaje nos explicite que Los Ángeles es tierra de sueños y amores que duran más que las relaciones que originan—porque, de forma elegante, la primera canción narra el propio subtexto de la película—, se nos da el tono. Así pues, ¿de qué trata la película?

Climb these hills
I'm reaching for the heights
And chasing all the lights that shine
And when they let you down
You'll get up off the ground
'Cause morning rolls around
And it's another day of sun

Alcanzar las alturas y seguir todas las luces que brillan y cuando estés abajo volverás a levantarte. Porque es otro día de sol. Porque, en última instancia, eso resume toda la narrativa de la película: superan sus problemas, alcanzan el amor y siguen sus sueños juntos y cuando todo va mal, bueno, ¿cómo van a negar que siempre se amarán pase lo que pase? Han aprendido algo el uno del otro. Su amor y su pasión teñirán cada una de las cosas que emprendan a partir de ese momento de su vida. Incluso si es amar a otras personas o sentir pasión por otras cosas.

Nada de eso excluye que la película tenga sus problemas. Su segunda mitad peca de traspieses en el ritmo, y el final, esa última sonrisa, bien podría desaparecer del montaje sin la película se resintiera en absoluto. Pero son problemas menores. Dos pequeñas máculas que, lejos de emborronar el conjunto, terminan de darle empaque.

No por nada esta es una película sobre el amor. Sobre cómo nunca se agota. Sobre cómo algunas personas necesitan apoyo incondicional (Mia), otros necesitan descubrirse confrontando sus propios prejuicios (Sebastián) y cómo las cosas podrían haber sido distintas sí, si sólo sí, en vez de dejarse llevar por la frustración nos hubiéramos dejado llevar por la pasión. Por todo el amor que nos sobrepasa.

Porque, no nos equivoquemos, esto no es una película sobre el éxito. Es sobre ser la persona que queremos ser. Es sobre abandonarnos al amor y aprender a confiar en quienes nos rodean.

Trata sobre cómo, si aprendemos a amar, cada derrota no significará nada porque mañana podremos volver a empezar. Podremos volver a amar. Ya sea al jazz, a la actuación, a los demás. Siempre a los demás. Pero esta vez lo haremos sabiendo algo nuevo: sea a abrirnos a los demás y aceptar su amor sin cuestionarlo, sea a que el único apoyo que necesitamos es más confianza en nosotros mismos. Porque siempre habrá algo o alguien ahí fuera por quien merezca volver a amar. Porque, al final, siempre existe la posibilidad de que algo o alguien nos cambie la vida si estamos abiertos a que despierte en nosotros todo el amor y la pasión que llevamos dentro.

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