Night Is Short, Walk on Girl

Masaaki Yuasa es uno de los directores de animación más interesantes del actual panorama internacional. A medio camino entre el anime y el cartoon clásico estadounidense, cambiando su estilo de muchas variadas formas sin por ello dejar de ser invariablemente suyas, si su trabajo ha destacado especialmente es por tres factores primordiales: el factor animado, el factor director y el factor humano.

Algo que se hace patente de forma prominente en Night Is Short, Walk on Girl.

El factor animado es el más evidente. Yuasa tiene un estilo muy particular. Distorsionando las proporciones, jugando con la línea del dibujo y haciendo un uso muy particular de los colores, jugando con las combinaciones de colores planos para darle un aspecto más sencillo sin caer en lo infantil (para lo cual necesitaría colores primarios y formas sencillas), su forma de animar siempre se circunscribe dentro de la idea de hacer dinámico lo que ocurre en pantalla. Que sea evidente qué está ocurriendo, cómo y hacia donde se dirige. Sólo parándose en animaciones muy detalladas en aspectos comparativamente menores.

En el caso de Night Is Short, Walk on Girl esto último se ve en los momentos más inesperados. Ya sea un camarero preparando un cóctel o un librero colocando libros, los momentos con la animación más delicada son aquellos que la narrativa no requiere un especial lucimiento. Sólo el embellecimiento de una transición necesaria.

Pero Night Is Short, Walk on Girl no es Ping Pong. The Animation. Por eso, en los momentos álgidos, o bien juega con la ilustración y el color o bien con los juegos de cámara. Aquí no hay distorsiones o cambios de línea. O no de forma tan notable como en anteriores trabajos suyos. Pues, en cierto modo, se lo juega todo en el campo de la dirección.

Del factor director ya hemos empezado a hablar. Yuasa es excepcional no sólo porque sea capaz de animar cosas que parecen salidas de otra dimensión, sino también porque entiende a la perfección los principios de dirección. Consigue hacer que muchas visiones distintas converjan en un único elemento en común. Salvo que Yuasa lo lleva un paso más allá de lo que estamos acostumbrados. Él consigue que ni siquiera sea necesario que exista la coherencia interna de la estética usada.

Mientras que la mayoría de películas de animación, especialmente las occidentales, hacen grandes esfuerzos por mantener una dirección artística consistente, Yuasa hace lo contrario. Permite que la narrativa dicte sus necesidades.

De ese modo podemos pasar por escenas donde juega con la sombra de los personajes sobre fondos de colores primarios, escenas de aires cartoon que nos remiten a sus trabajos infantiles, un estilo más agresivo y casi sketcheado o la estética general que cubre toda la película y que ha heredado de una de sus antiguas series, The Tatami Galaxy. No existen límites. No ninguno más allá de lo que pide la narración.

¿Cómo logra eso Yuasa? Siendo extremadamente coherente.

Esto puede sonar extraño. Contradictorio. Y lo es. Pero sólo en la medida que lo es el propio Yuasa. Porque lo que entiende Yuasa es que la coherencia interna no se da necesariamente en los elementos superficiales del estilo, sino en el núcleo mismo de las cosas. En lo que es invariable: lo que es real para quienes habitan el mundo que retrata.

Eso significa que Yuasa modula todo a partir de la experiencia subjetiva de los personajes. Cuando todo es lúgubre y luchan contra los elementos, la paleta de colores se resiente y luchan físicamente contra el viento y la lluvia hasta en términos de mantener su forma. Si recuerdan, lo hacen en forma de sombras. Si tienen sueños febriles están plagados de urgencia alucinada hasta en las formas del entorno. Porque incluso haciendo cambios bruscos en el estilo, todos son en momentos donde se justifica que el mundo sea percibido, emocionalmente, de otro modo: porque es un recuerdo, un sueño, una obra de teatro o un espacio diferente y poco común.

Ahí reside el factor humano.

Para Yuasa lo importante es el mensaje. Transmitir lo que desea transmitir. En el caso de Night Is Short, Walk on Girl, algo importante: cómo sus personajes protagonistas, más allá de sus aparentes búsquedas personales —él: conseguir que ella se enamore de él; ella: pasar la mejor noche de sus vida—, tienen un rasgo en común: son incapaces de comprender a los otros, porque están atrapados en su particular visión del mundo.

Algo que comparten todos los personajes. The Underpants Leader está obsesionado con una chica que no existe, The School Festival Executive Head con el hecho mismo de conseguir que todo el mundo sea feliz cuando acabe la universidad y Seitarō Higuchi con vivir sin atarse a nada. Sólo el dios del mercado de los libros viejos parece estar liberado de cualquier clase de egotismo, incluso si es el que está atado al más obsesivo de todos: aquel que le hace preocuparse única y exclusivamente de que todos los libros puedan llegar a sus personas destinadas, sea cual sea el precio a pagar.

De ahí que Yuasa pueda cambiar de tono y estética a cada momento. Cada personaje ve el mundo de un modo, siendo incapaz de ver a quienes le rodean tal y como son. Y cuando se asoman a sus sentimientos o a los de otros, siendo conscientes de ellos, descubren que el mundo varía enormemente según los ojos con los que se miran.

Pero también que todo está relacionado. Que independientemente de cuáles sean las diferencias en cómo vemos las cosas, al final todos nos necesitamos los unos a los otros.

Y cómo eso, en última instancia, es lo único que realmente importa.

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