Princess Arete

Todos sabemos cómo acabaran las historias de princesas. Incluso cuando Disney está detrás, la princesa siempre encontrará el amor, descubrirá que su fuerza radica en los otros y que, al lado de un hombre —o en tiempos modernos, de su noble familia—, puede lograr todo lo que se proponga. Porque es una princesa. Porque es, de facto, alguien con más poder, y más posibilidad de influir sobre el destino de su tierra, que prácticamente cualquier otro ser humano.

Arete Hime comienza como cabe esperar. Tenemos a la princesa Arete, encerrada en la torre del castillo, esperando que sus pretendientes cumplan sus pruebas. Ella, en tanto, pasa su vida leyendo, fugándose por un pasadizo secreto para conocer el lugar donde vive y espera. Espera que lleguen. Y cuando llegan y se cuelan en sus aposentos, intentando seducirla y hacerle entender el amor que le profesan, ocurre lo inesperado: a Arete no le interesan sus historias. Si matan (o dicen matar) elefantes o traer flores de África le es indiferente. O peor aún: no le es indiferente, porque en el proceso de herir a los animales, las plantas y las personas que los cuidan Arete pasa a considerarles personas despreciables.

Aquí es donde se rompe definitivamente el clasicismo Disney.

Prometida con el brujo Boax después de que intente fugarse del castillo, el resto de la vida de Arete se sustenta en vivir aprisionada en el castillo del brujo. En no importarle a nadie. Y ahí es donde todo toma un partido inesperado: Arete no intenta luchar. Espera que alguien vaya a rescatarla, porque, finalmente, acepta lo que siempre le han inculcado: que su deber es esperar a un caballero que la salve.

Pero si la cosa acabara así no sería una película de Sunao Katabuchi. Y lo interesante es cómo Arete consigue romper el hechizo de Boax que doblega su espíritu: a su encuentro con Ample, una trabajadora del castillo que vive en un pueblo cercano. Al conocerla, al ver sus esfuerzos en sacarla de allí y, sobre todo, sentir el deseo de conocerla, saber más de ella y sobre su pueblo, Arete consigue romper el hechizo de Boax.

El poder de Arete reside en su curiosidad insaciable. En su necesidad de abrirse su propio camino, consciente de la singularidad de cuantas personas existen en el mundo.

De ahí su belleza. Su increíble optimismo. Porque incluso si Arete no tarda en hacerse consciente que la existencia es limitada y carece de significado, también aprende algo más profundo y conciliador: que cada persona es un mundo incognoscible, pero por eso mismo merece la pena estar vivo. Porque mientras sigamos en este mundo, todavía nos quedan infinitas posibilidades de conocer cosas que jamás hubiéramos imaginado como posibles.

Por eso Arete no necesita ningún príncipe. Ni siquiera ser salvada. Sólo necesita abrirse al mundo, dejar que lo atraviese y vagar por el mundo en busca de aquello que llame su curiosidad.

Ni caballeros ni príncipes ni reyes. Todos ellos son inútiles, aferrados a ideas antiguas que, en realidad, ni desean ni sienten. Todos los héroes de la historia son Arete, que es capaz de aceptar a los otros por cómo son, y Ample, que rompe el hechizo a través del propio poder de su singularidad.

No es casualidad que en Japón esta película esté considerada uno de los mayores trabajos de animación feminista. Su énfasis en el individualismo, el respeto y la diversidad le hacen un relato no sólo encantador, además de una brutal deconstrucción de los cuentos de princesas, sino también una mirada diferente, sin por ello dejar de ser interesante, al feminismo actual.

Porque aquí, a diferencia del cuento de hadas clásico o la subversión feminista genérica, es imposible saber cómo acabará la película. Arete es tan imprevisible, tan enamorada del mundo y de cuanto lo contiene, que es imposible saber qué hará al final. Y por eso es una película encantadora y, con perdón, necesaria: porque nos recuerda que al final lo más importante es siempre empezar por uno mismo, pero sin olvidar a quienes nos rodean.