Rogue One: A Star Wars Story

Aquello que está vivo tiene una cualidad muy particular. Llámalo alma. Llámalo chispa. Llámalo naturalidad. Podríamos entrar en debates filosóficos de altos vuelos y ni siquiera empezar a rascar la superficie del problema. Pero si hay algo obvio es que, en la ficción, como en los seres vivos, ese algo no puede ser imitado: o se tiene o no se tiene.

Y sea lo que sea aquello, Rogue One no lo tiene.

Como precuela de la trilogía original de Star Wars, como explicación de cómo llegaron los planos de la estrella de la muerte a manos de los rebeldes —o según la crítica más imbécil, como «reparación de un agujero de guión de la saga original», como si eso no fuera una omisión consciente de Lucas—, cumple su cometido: es funcional. Descubrimos cómo ocurrió. Incluso si no había absolutamente ninguna necesidad de saberlo.

En caso contrario, habría salido en la original.

Pero ese no es el problema. O no el mayor de sus problemas. Lo peor de todo es que Rogue One es un proyecto que nació muerto.

Con personajes sin personalidad y prescindibles, lo cual ya desbarata cualquier conexión emocional con la cinta, un guión que es a la vez copia e intento de reformular el viaje del héroe, el cual ya estaba agotado cuando Campbell lo formuló explícitamente, y un completo caos en lo temático, ya que la propia película no sabe si trata sobre el poder de la esperanza o la importancia de los lazos familiares o el regreso a un pasado glorioso o al sacrificio como virtud o sobre unos mataos que están ahí porque hay que vender nostalgia al kilo, Rogue One es la parodia de una película de Star Wars.

Es un zombie fílmico.

¿Qué es un zombie fílmico? Algo que parece una película, imita las formas de una película, pero carece de aquello que le haría ser una película. Ese je ne sais quoi que hace que todo tenga un propósito.

Porque aquí no hay propósito. Ni peso. Todo ocurre con la levedad de lo que no importa a nadie. Sus momentos dramáticos lo parecen porque sube el volumen de la música, sus momentos tensos lo parecen porque rebaja el sonido y hace susurrar a los actores, sus escenas de acción lo parecen porque imitan (una y otra y otra y otra vez) lo que haría un héroe de acción (llamado Han Solo). Pero sólo eso, parecen. Porque parecen estar remitiéndonos siempre hacia otra película. Hacia lo que alguien que nunca hubiera visto una película, piensa que es una película.

En realidad eso no es algo nuevo. Gareth Edwards hizo lo mismo en su absolutamente infame Godzilla. Ausencia de índice temático, disonancias narrativas aberrantes e inoperancia general. Pero aquí resulta incluso más grave.

Entonces, ¿porqué compra la gente la película? Porque les dan lo que esperan. Más Star Wars.

Que sea buena película es secundario. Lo importante es que pertenece a la trilogía original de Star Wars. Y si parece un (mal) fanfiction dirigido por alguien que sabe lo que es el cine sólo por lo que ha leído en los libros, formulando lo que es un perfecto cadáver sin vida propia, un zombie o un robot que pretende imitar una existencia que ni alcanza ni comprende, eso es lo de menos para ellos. Porque es Star Wars. Porque quieren Star Wars. Porque claman furiosos por más Star Wars.

Ese es el problema. Que, como dijo el Sr. Lobo, «ser una personalidad no significa que tengas una personalidad». Y Rogue One no tiene una.

Porque sabe que ni siquiera le hace falta.

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