Shin Godzilla

Aunque suene extraño, en política los estados son considerados actores. Formas con vida propia. En otras palabras, cuando dos países interactúan entre sí, hablamos de una relación internacional: son dos individuos estableciendo una relación que sobrepasa sus barreras nacionales. Toda su nación interactúa como un único individuo con otra nación interactuando como un único individuo. Y de ese modo, la nación ya no es sólo un estado o un modo histórico, sino un individuo en sí mismo.

Esa idea de la nación como individuo ha estado desde el principio en Godzilla. Nunca siguiendo enteramente el destino de un protagonista en particular, siempre dando un vistazo general a lo que ocurre con todo el país (o con Tokio en particular), aunque el saurio es siempre el invitado de excepción, el verdadero protagonista es otro: la humanidad. Los japoneses. Aquellos que tienen que sobrevivir al despertar del monstruo.

Por eso Hideaki Anno ha dado un paso natural en ese concepto. Ha hecho que la idea regidora de la película sea «¿cómo actúa la burocracia ante un ataque de Godzilla?».

Lejos de ser una elección inane, tiene todo el sentido del mundo. Nos obliga a mirar desde otro punto de vista. Conocemos el sufrimiento del ciudadano de a pie y, en no pocas ocasiones, nos han mostrado cómo lo abordan el ejército o los héroes, más o menos independientes, del lado científico. Pero nunca cómo gestionaría el caos el gobierno. Cómo se hace política de una catástrofe imposible.

En ese sentido, Anno nos quiere hacer empatizar con los políticos. Con aquellos que deben lidiar con la peor parte de la situación. No sólo están sus vidas en juego, sino que, además, hagan lo que hagan serán culpados por lo ocurrido: por reaccionar demasiado tarde, por no hacer lo suficiente, por hacer demasiado. Ningún país tiene recursos ilimitados. Y nadie en su sano juicio querría tener que administrarlos en medio de una crisis. No de una como la que supone Godzilla.

Al girar la cámara para mirar al otro lado, a quienes mueven toda la maquinaria que dejará atrás Godzilla, nos hace descubrir no sólo otro punto de vista de la historia, sino también lo crudo y complejo de la misma. Cómo, en última instancia, los héroes también llevan corbata.

Pero en una película de Godzilla siempre hay un elemento clave para interpretar el resto. Godzilla. No por nada, el monstruo es el principal protagonista. Y si por alguien debe pasar necesariamente el subtexto, es por él.

En este caso él, porque todo apunta a su identidad masculina. Siguiendo el ya clásico tropo de Anno «alma fallecida encerrada en el cuerpo de un monstruo gigante» —tropo de sobra familiar para cualquiera que haya visto con atención suficiente Neon Genesis Evangelion—, tenemos un científico obsesionado con la muerte de su mujer que decide condenar a la destrucción a Japón a través del despertar de una entidad gigante que nadie comprende. Ni siquiera él. O al menos, no del todo. Algo que, de nuevo, nos resulta familiar. Y si bien Gendo Ikari se llama esta vez Goro Maki, la idea permanece. Incluso si la incógnita de si se convierte en Godzilla o sólo lo despierta queda en el aire.

O no tan en el aire, visto su tétrico final.

En cualquier caso, en esta ocasión la amenaza de Godzilla es reciente. Ya no es la bomba nuclear. Fukushima pesa en la memoria. Pesa tanto, que Godzilla es, en esta ocasión, un generador nuclear en forma de ser vivo en perpetua evolución. Algo que potencia su subtexto, el cómo los seres humanos evolucionamos y cambiamos en el tiempo, precisamente, a través de los traumas y los sucesos de nuestras vidas. Sean estos la fisión nuclear o el ataque de un reptil gigante.

Porque la bomba nuclear planea incansable sobre la historia. Y no sólo porque, en un momento dado, se planee bombardear a Godzilla. O porque toda la película, en sus códigos estéticos, imite a la original. Hasta el punto de, con una crueldad infinita, usar los mismos sonidos que la de 1954.

Todo el mensaje pacifista, con todos sus ecos ecologistas y sobre el progreso humano —Godzilla, que es un ser tan evolucionado que crea nuevos elementos atómicos desconocidos, es capaz de generar energía nuclear relativamente limpia—, es una muestra de la ideología de Japón tras las bombas. Su emperador ya no es un dios nunca más. El país no tiene ejército ni desea tenerlo. Y por más que los miembros de la dieta insistan, la conservación de la naturaleza es un tema importante para la nación.

Eso nos devuelve a la bomba nuclear. Porque además de ser un excelente modo de mantener la tensión, poniendo un límite de tiempo a la alternativa pacífica del gabinete de urgencia —contra la idea de incinerar a Godzilla y perder con ello los recursos que supone, congelarlo y poder aprender de él—, también nos da una perspectiva diferente de las relaciones internacionales.

China y Rusia exigen la intervención de la ONU. EEUU quiere mantener a todos al margen. Sólo la intervención de Francia da tiempo suficiente a Japón para probar sus métodos. ¿Eso significa que haya buenos o malos? En absoluto. Cada país opera según sus propios intereses. China y Rusia no quieren que EEUU y Japón se apoderen de una nueva fuente de energía, EEUU quiere tener la exclusividad sobre la misma y Francia, apoyando el plan japonés, logra que estos le aporten los hallazgos que logren al investigar al saurio. Nadie actúa por maldad. Todos lo hacen siguiendo sus propios intereses.

Eso también implica que Japón no se sitúa en una posición de subordinación. Acude a EEUU sólo cuando su fuerza no es suficiente para parar a Godzilla y lo hace, además, a regañadientes. Nadie quiere que EEUU intervenga en el país. Y cuando por fin lo hace, cuando también lo hacen otros agentes internacionales, siempre se hace desde una posición de diálogo entre actores internacionales. EEUU son quienes lanzan la bomba, pero ni siquiera es lo que quieren: es la ONU, mediada por los intereses de la mayoría de actores políticos, los que le fuerzan a hacerlo.

Todos los actores están atados entre sí. Todos y ninguno deciden con libertad. Todos, porque toman sus propias decisiones sin subordinarse a otros actores; ninguno, porque deben acatar las decisiones que tomen los organismos mediadores.

En otras palabras, los actores internacionales tienen sus propios estados. Organizaciones a las cuales rendir cuentas. De ese modo, igual que una multitud de ciudadanos forman una nación, una multitud de naciones forman otra entidad con identidad propia. La ONU tiene tanta identidad personal como Japón o Hideaki Anno. Es, en sí mismo, un individuo.

Algo que se refuerza en todos los aspectos de la película. No por nada, Godzilla va pasando por varias fases. Va evolucionando. Primero hecho al entorno acuático, luego al terrestre, sus evoluciones le van convirtiendo en un ser cada vez más poderoso, más destructivo, mejor adaptado. Hasta que, al acabar la película, descubrimos que consiguieron parar al monstruo en el preciso instante en que había comenzado su última evolución. Tras pasar de una forma infantil a una forma madura, tras avanzar rápidamente por diferentes etapas donde cada vez era más grande y más fiero, su última evolución es un giro copernicano. De su cola estaban naciendo godzillas de rasgos humanos.

La forma última de Godzilla no era un monstruo de 140 metros. Ni siquiera un monstruo aún más grande. Era la totalidad de un número indeterminado de pequeños godzillas de rasgos humanos. La forma última de Godzilla es una nación. Convertirse en una mónada de mónadas. Un individuo conformado por una cantidad variable y potencialmente infinita de individuos.

Dejando a parte a Leibniz y Spinoza, lo cual alargaría (y especializaría) la crítica en exceso, esto señala cuál es el tema de la película. Cómo la forma más poderosa de cualquier grupo de individuos es su forma grupal.

De este modo seguimos a la burocracia no por el interés que pueda suscitar, que también, sino porque representan el cerebro de ese individuo llamado Japón. Son la representación del pensamiento propio del japonés medio. Las reuniones hasta para anunciar una rueda de prensa. El celo excesivo en las formas. La incapacidad para confrontar a sus superiores. Pero también la necesidad de buscar alternativas. La obcecación en sobrevivir a cualquier precio. El saber encontrar el modo de salir adelante sea cual sea la situación.

Porque no todos los japoneses son como Japón. Pero como mónada de mónadas, como individuo constituido por la totalidad de individuos que habitan Japón, y no sólo de individuos, también de toda la cultura, la tecnología y la religión que existe y ha existido en Japón, es, en última instancia, un reflejo de la mentalidad, consciente o inconsciente, del japonés medio.

Por eso busca su propia solución. Japón es servicial y taimado, pero poco dado a pedir ayuda. A Japón le gusta hacer las cosas a su manera, incluso si son difíciles de entender. De ahí que acepte la resolución de la ONU, pero que, a la vez, intente acabar con Godzilla por otros medios. Porque Japón es, en última instancia, un individuo. La suma de todos los individuos y toda la cultura que ha generado a lo largo de su historia. Y como tal, actúa según sus creencias.

¿Qué creencias? El pacifismo, el ecologismo, el no olvidar nunca a las personas. El miedo a la energía nuclear, también. No por nada es el único país que ha vivido el terror de la bomba nuclear. De dos bombas nucleares. Y con todo, logró renacer. En otra forma, en otro ser. En otro Japón.

Como Godzilla, que ya no es Godzilla. Es otro. Es un nuevo Godzilla. Uno más complejo, más bello, más perfecto. La culminación de todo cuanto existe tanto en la tierra como en el cielo.

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