Silence

Mi relación con Scorsese, como mi relación con Dios, es problemática.

Cristiano la mitad de mi vida, agnóstico fuerte la otra mitad (y contando), mi fe es, en esencia, la del barco hundiéndose en medio del océano: sé que existen fuerzas por encima de mí, pero no tengo ninguna esperanza que les importe que es de mí.

En el cine de Scorsese espero lo mismo que espero de dios. Algo divino, no humano. Un espacio donde no hay sitio para el mito, la fantasía o la verdad. En Scorsese espero la conmiseración de una inteligencia no-humana que va más allá de mi horizonte de expectativas. Y como es inevitable, eso significa que parto del hecho de que no podré entender qué pretende expresar con su cine: su experiencia me resulta ajena. Alienígena. Como si estuviera hablando de la existencia en un plano de lo real completamente ajeno al de mi experiencia.

Por supuesto, sería demasiado optimista considerar que hay algo de positivo en ello.

Menos aún cuando Scorsese habla de Dios.

Silencio es la historia de la ausente presencia de Dios. Cómo sus designios se dan no por su presencia, sino por su ausencia; en cómo la virtud del cristiano, del cristianismo y de todo lo que significa, se da, irónicamente, en lo que es contrario a su dogma: la ausencia de palabra.

En términos mundanos, Silencio trata sobre como Dios sólo se nos da a través de una fe silenciosa. No hay, por tanto, nihilismo colindante con el ateísmo al estilo de Beckett. Ni siquiera esa clase de poética filosófica que Terrence Malick hereda de una lectura (cuestionable) de Martin Heidegger. Sólo el calmado arrullo de la fe cristiana: la exposición, lenta, tediosa y preciosista de cómo el verdadero cristiano es aquel que cree en Dios no por su presencia, porque sus actos sobre el mundo demuestren su existencia, sino por su ausencia, porque su fe en el hecho mismo de su existencia es tan férrea que no necesita en ningún momento tener prueba alguna de que está ahí para saber que de hecho existe.

De ahí la ausencia de palabra. Porque Dios es logos (Λόγος palabra), según Juan; porque el dictamen de dios es logos, según Lucas; porque el logos de dios es lo que creo el cielo según los Salmos.

Scorsese hace, por extensión, una lectura no-exactamente-cristiana del acontecimiento de la fe.

Concibe a Dios como el ente en los cielos, mudo, sordo y ciego, que lo puede todo pero no hace nada porque es, en términos cristianos, el mundo en sí. No es que esté dios y, en otro orden, el mundo. Dios es el mundo. De ahí que su lectura de Japón como un cenagal estéril sea, irónicamente, una reivindicación de la existencia de Dios: Dios, como potencialidad de todas las cosas, es también la idea de un lugar donde no puede germinar la idea de Dios.

Idea de Dios que no es la de un señor barbudo que hizo al hombre a su imagen y semejanza, sino un demiurgo cósmico que es, de facto, indistinguible del acontecimiento mismo de la naturaleza —donde, por ahorrarnos disgustos, no entraré en las implicaciones de ello: Spinoza et al, para quien entienda o le interese—, contra todo pronóstico, es pura ortodoxia cristiana. Tal vez no la doctrina contemporánea tal y como se transmite al vulgo, pero sí la idea básica que se puede extraer de la hermenéutica bíblica. Especialmente si leemos con cuidado, haciendo una sección, digamos, salvable, entre ambos testamentos e, incluso, entre los evangelios y el resto de los libros.

Con todo, la película me es problemática. No por errada, que no erra en nada, sino por acertada. Por excesivamente ortodoxa.

En otras palabras, aquí Scorsese no es dios, sino evangelista.

En sus mejores películas, aquello que intenta transmitir Scorsese es ininteligible. ¿Qué intenta transmitir Taxi Driver, Shutter Island o El Lobo de Wall Street? No lo sabemos. Son entes desproporcionados. Mundos completamente alienigenas con personajes humanos sólo en forma que actúan cumpliendo un papel, la trama, pero cuyo mensaje, aquello que ocultan tras de sí, nos resulta completamente ininteligible. Son seres de más allá de este mundo. Y el problema es que Silencio no sólo es clara y transparente sobre su mensaje, sino que nos descubre, de forma retroactiva, de qué tratan todas sus películas.

Del evangelio.

Del individuo que existe como representación de la palabra divina.

De la resurrección de Cristo en forma de entidades humanas, completamente rotas, en un mundo estéril donde sólo en su inmolación pueden descubrirse como auténticas en su fe.

Scorsese es un evangelista. ¿Evangelista de qué? De la idea, que no del personaje, de Cristo. De Dios como un mundo que no es el mejor de los mundos posibles porque necesita ponernos a prueba a cada paso que demos. Por eso Silencio es, al mismo tiempo, su obra maestra y su acta de defunción: al ser la hermenéutica de su propia obra, ya no queda lugar para sorpresa. Podemos revisitar todas sus obras desde esta óptica, pero ya es imposible ver una nueva película dirigida por él que no pueda ser leída con esa intencionalidad.

Ahora, Scorsese es humano. Ya no más divino. Su palabra no es mundo, sino palabra: el razonamiento detrás de un mensaje. Algo que lo convierte en mártir, pero también le despoja de su aura divina.

Irónicamente, eso tal vez me reconcilie con su figura.

A fin de cuentas, mi problema con dios es que no tenemos ningún punto de relación, nada en lo que parecernos, porque él no es humano. Y ahora que Scorsese se ha desposeído de lo divino, tal vez podamos empezar a entendernos.

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