The Mermaid

Stephen Chow no requiere presentaciones. No tras Kung-Fu Hustle y Shaolin Soccer, dos comedias tan excesivas, tan idiosincráticas —de un país, de un carácter—, que en su estreno en salas españolas su doblaje tuvo que tirar de chistes regionales para captar una mínima parte de todo el humor soterrado que había detrás de una serie de personajes que eran arquetipos de las diferencias costumbres de cada región de China.

Aun siendo cuestionable el humor tras asiáticos con acento andaluz, Chow es un autor de culto. Y como tal ha de abordarse. Incluso cuando, como es el caso, tiene pretensiones de masas.

The Mermaid es puro Chow. Con un ojo mirando a las comedias románticas coreanas mientras con el otro observa al clásico de Hans Christian Andersen, Chow añade al conjunto dos elementos claves, uno familiar y otro no tanto, para concluir un blockbuster ejemplar: mensaje, cómo la contaminación está acabando con la vida en nuestro planeta, y humor, al más puro estilo Chow.

Contra todo pronóstico, ninguno de estos cuatro aspectos da la sensación de estar fuera de lugar o no terminar de cuajar en el conjunto.

Su humor, entre lo físico y lo absurdo, alcanza nuevas cotas de imprevisibilidad; el romance funciona, fluye con naturalidad, de un modo elegante y divertido; los paralelismos con el cuento original no parecen forzados ni extraños, tal vez porque se aleja lo suficiente del mismo como para que compararlos sea absurdo; y el mensaje, llevado hasta lugares en ocasiones incómodos —la asistente en la presentación del sonar, riéndose desquiciada al ver estallar un pez, puede hacer revolverse a más de uno en el sofá—, se transmite de forma absolutamente fluida. En suma, Chow consigue lo que en Hollywood ya parece casi imposible: firmar un blockbuster con personalidad.

Su único defecto es que todavía es un blockbuster. Intenta contentar a todo el mundo. Y de ese modo, lo que consigue, es diluir también el potencial envenenado que pudiera tener cada uno de sus aspectos por separado.

Ni el romance nos emociona ni el mensaje nos llega especialmente. Del mismo modo, ni siquiera sus méritos lo parecen tanto si se piensa. Es cierto que logra combinar muy bien cambios tonales entre el romance, el drama y la comedia, pero lo hace en bloques temáticos: segmentos completos donde es una u otra cosa, no rápidas variaciones, entre escenas o incluso en la misma escena, donde la risa se congele por lo trágico, nos haga volver reír y, al final, nos haga enternecernos con un romance de película.

Porque el único problema de The Mermaid es que no tiene problemas. Es fluida. Y para serlo ha tenido que sacrificar todos los riesgos, todos los intentos de ir más allá: ha tenido que conformarse con ser un artefacto narrativo perfectamente pulido, sin aristas, pero por ello también más simple de lo que parece.

Algo que no es malo. No cuando lo que debería ser la media acaba siendo la excepción.

De ahí que sólo quepa celebrar The Mermaid. Celebrar a Stephen Chow. Porque ha conseguido hacer un blockbuster capaz de apelar a pequeños y mayores, chinos y occidentales, sin dejar de imponer su impronta, excesiva y abusiva, en cada minuto de metraje.

¿A costa de sacrificar un auténtico riesgo artístico? Tal vez. Pero para eso antes tendríamos que descubrir dónde se ha arriesgado Chow con anterioridad.

Si es que lo hizo alguna vez.

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