The Texas Chain Saw Massacre

Algunas películas son eternas. No porque perduren, sino porque en esa eternidad posible siempre cabe la posibilidad de volver a ellas. No se agotan. Pues su texto, su subtexto y su técnica siempre tienen otra vuelta de tuerca. Otra forma de mostrarse que, hasta el momento, nos había pasado desapercibida.

Eso puede sonar ilógico para hablar de La Matanza de Texas. Su limitada duración, sus recursos mínimos y su propuesta entre el puro gore y la absoluta ausencia de gore —haciendo que su tesis sea la propia contradicción: es brutal, obscena y muy gráfica porque no lo es en absoluto; sólo se nos insinúa que lo es a través del montaje y la estética, dejando que nuestro cerebro la recuerde más brutal de lo que realmente es—, nos podrían hacer pensar que es un producto de serie B sin mayores intenciones de trascendencia. Pero es que la intencionalidad no tiene nada que ver con el arte. El arte se produce por síntesis, no por cálculo. O en otras palabras, al arte se llega caminando por terrenos resbaladizos, no siguiendo el camino ya conocido.

Terrenos resbaladizos que aquí se formalizan en su falta de presupuesto.

Pasando por alto la excelente estética, su ritmo bien marcado y el diseño de sonido heredado por más películas de las siquiera inimaginables, hay un aspecto de la película que se suele pasar por alto. Su desconcertante montaje.

El montaje hace del non sequitur poesía. Alternando entre diferentes pares de escenas o haciendo que Leatherface salga siempre de puertas en donde hace un instante no había nadie, todo su montaje se juega en el papel de fijarse en el detalle. En centrar la mirada en breves planos contextuales que, al integrarse en rápida consecución con elementos de acción o suspense, crean ese estado de desasosiego en el cual se combina la certeza de saber que ha ocurrido (o está ocurriendo) algo atroz y el hecho de no mostrarlo. Que todo lo que veamos son siempre o las consecuencias o los prolegómenos de esa matanza prometida.

Toda ocurre en nuestra mente. No en pantalla. Pero ni siquiera tenemos porqué notarlo. Podemos ver una y otra vez la película sin darnos cuenta de eso: de esa obsesión contextual, de tratar a las víctimas como objetos y a los objetos como víctimas, parte de un paisaje moribundo y siniestro.

La Matanza de Texas nunca se agota porque es un paisaje repleto de detalles insospechados. De distorsión de lo que suponemos como real.

En la película los objetos son símbolos. Y las personas son objetos. Animales. Porque son tratados como ganado: algo de lo que se dispone líbremente, para las labores, como quien dispone de un objeto o una herramienta. Algo que se posee y no tiene ni sentimientos ni pensamiento ni derechos; sólo el macabro destino de aquello que es concebido como objeto. Como posesión. Como aquello de lo que nos apropiamos para utilizarlo sin concebir su propio bienestar o deseo.

Por eso no se agota La Matanza de Texas. Porque siempre cabe explotar otra beta insospechada dentro de la misma idea. Porque la película de Tobe Hooper tiene la cualidad de representar la realidad no como mímesis, sino como símbolo.

No como realidad, sino como metáfora.

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