Your Name.

Leyendo al crítico medio, cualquiera diría que en anime hubiera dos vertientes. Por un lado tendríamos la tradicionalista, aquella personificada en Studio Ghibli en general y en Hayao Miyazaki en particular, que se percibe como la forma serena, inteligente y adulta de una animación cuidada pensada en los más altos valores del arte. Por otro lado tendríamos la anime —donde las cursivas deben leerse como un escupitajo, una mueca de horror, un gesto de tremendo asco—, personificada por la televisión, donde todo lo que cabe es el ruido, la furia y el dibujo pésimo para tramas infantiles. Y si bien esa visión es una absoluta idiotez, es la dominante en occidente.

A Makoto Shinkai le ha caído el sambenito de ser el nuevo Miyazaki. Por su excelente narrativa. Por su belleza visual. Por su capacidad para conquistar al público con obras inteligentes sin por ello dejar de ser emocionales.

Y sería lógico de no ser porque no comparte nada con Miyazaki.

Peor aún: de no ser porque es puro anime.

Your name. es un ejemplo de manual de todo lo que es hoy el anime. Desde la estética rayano el moe, hasta el j-rock de índole más juvenil —porque aunque, en sus mejores momentos, la banda sonora parezca un rip-off de Kashiwa Daisuke, la mayor parte del tiempo sólo lo parece de Bump of Chicken—, pasando por las historias de institutos o un montaje hiperacelerado. Porque Your name. está tan enamorada de ser un anime que, incluso siendo una película, tiene un opening al estilo de los animes pensados para televisión.

¿Algo de eso le resta valor? No. Al contrario: Your name. sólo se entiende como anime. Como celebración de unos tropos que Shinkai acepta como propios.

De hecho, todo lo que desde occidente se puede leer como poco anime es tal vez lo más anime. El respeto por la tradición. La marcada diferencia entre fondos y personajes. El constante cambio estilístico. El ritmo acelerado. Todo ello son claves naturales ya no sólo en el anime, sino en todo el cine japonés. Nada de eso lo inventó Miyazaki. Ni siquiera es algo que imite de él cualquier otro director que haga anime capaz de pasar por respetable ante los prejuicios occidentales. Es algo que se encuentra en las series de anime, en las películas de anime y en los live action. Que vemos desde Akira Kurosawa hasta Sion Sono pasando por Hideaki Anno y, por supuesto, Hayao Miyazaki.

Makoto Shinkai es otro hilo más en la preciosa y compleja cuerda que es la narrativa japonesa. Una con cientos de años —miles, si contamos sus orígenes chinos— como para reducirla al «quítame de ahí esa irritante juventud».

Porque Your name. es brillante. Preciosa. Trepidante. Un tour de force donde, siempre siguiendo una historia de amor con entretelas de ciencia ficción —chico conoce chica y, por algún motivo que desconocen, intercambian sus cuerpos en días, en apariencia, aleatorios—, nunca paran de ocurrir cosas. Nunca se deja de construir un mundo, unos personajes y unas relaciones ricas, profundas e inteligentes.

En otras palabras, aquí no hay sitio para el relleno. Ni para agujeros de guión de la mitad del segundo acto. Cada minuto de Your name. tiene un propósito: es, a su vez, un hilo más de esa perfecta cuerda que sirve como metáfora para el subtexto de la película.

¿Y cuál es ese subtexto? Que todo está relacionado. Que cada uno de nosotros no somos más que la suma de experiencias y personas que hemos conocido, querido y amado. Incluso quienes ya no están. Incluso quienes aún no están. Porque las expectativas, el deseo y los sueños son parte constitutiva de ese yo frágil, extraño, no siempre bienvenido, que, a pesar de todos sus problemas, siempre permanece ahí, esencial, como algo que podemos reconocer como nosotros.

Algo que no deja de ser la clásica historia de Shinkai. Pero si disfrutamos de su cine, es por eso.

Porque todos sus hilos están ahí para conformar un sólo tapiz.

Cada historia tiene sus particularidades. Your name. trata bien el papel de la tradición, de no olvidar y de no aceptar el destino como si ya estuviera escrito. Pero en última instancia trata de lo mismo que todas las demás películas de Shinkai. Chico conoce chica. Se enamoran. Algo los separa. Y como si una fuerza ineludible los uniera, años después van en su reencuentro. Porque en última instancia, nosotros no somos más que aquellos que nos conforman.

Algo muy japonés, como sabemos por el mito del hilo rojo del destino. Pero también muy anime, como nos demuestra Your name.

No por nada, al final, todo son hilos. Cuerdas. Y creer que puede existir un yo capaz de ser el origen de una cuerda, que al final una cuerda no está conformada por todos los hilos que la forman, es no haber entendido nada de Shinkai. Ni de Japón. Ni del anime.

O lo que es peor para el crítico medio: haber tomado el nombre de Miyazaki en vano.

Porque Your name. es anime. Y orgullosa de serlo. Porque sólo desde esa tradición, despreciada por algunos, es como logra erigirse como la perfectamente hilvanada obra maestra que es.

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