Austerlitz ½

Este documental consiste en una serie de planos de turistas acudiendo al antiguo campo de concentración de Austerlitz. La película se inicia con una secuencia a las puertas del mismo y finaliza con una imagen de la salida, de manera que se plantea como una especie de recorrido filmado al modo de una visita. Por lo increíblemente obvio de su planteamiento, la temática escogida y el énfasis que pone en algunos elementos resulta evidente que pretende hacer algún tipo de reflexión en torno a cómo hasta algo tan solemne como un campo de exterminio nazi se puede convertir en un parque de atracciones.

Algo que hay que tener muy presente viendo cine es que nada o casi nada suele estar ahí por casualidad. Los cineastas normalmente dedican –o deberían dedicar– un tiempo considerable a decidir de qué manera van a filmar cada secuencia o cuál es de todo el material filmado el que finalmente se va a utilizar. De esta manera, cuando al cuarto de hora de película ya has perdido la cuenta de la cantidad de «selfies» que han sido tomadas, de los «gestos irrespetuosos» que se han llevado a cabo o de cuántas camisetas con diseños o frases «inapropiadas» han aparecido, empiezas a darte cuenta de que quizá el director no ha sido todo lo riguroso que podía a la hora de seleccionar el material, como si de todas las tomas filmadas en un mismo sitio la más interesante fuese aquella en la que –a su juicio– más faltas de respeto a la memoria del lugar se cometen.

Dado que está claro que esto no se trata de una casualidad, hablamos entonces de una inclinación intencionada a representar una serie de conductas. Es decir, los turistas en la realidad no están todo el tiempo haciendo cosas llamativas, pero el director selecciona una serie de momentos para emitir un determinado discurso. Se podría entonces alegar que esto se trata de una muestra de la realidad que el director pone en evidencia para hablar de un cierto asunto, pero esto tiene tanto de cierto como le apetezca a uno y lo que para mí está ocurriendo es que básicamente este señor está humillando de una manera insistente y vergonzosa a una serie de visitantes de los que él se considera moralmente por encima.

Y esto es así porque si tú has filmado un montón de material sobre turistas en Austerlitz y tienes la posibilidad de incluir o no incluir una secuencia en la que una chica se pone una botella en la cabeza y juega un poco con ella y sonríe porque se le ha caído y decides incluirlo junto a otros momentos similares porque tu discurso es que la gente no tiene respeto, entonces tenemos un problema, porque yo en el fondo no creo que esta persona esté haciendo nada realmente malo y tú sin embargo creo que sí y siento que hay que tener mucha cara dura para filmar y retratar a la gente desde esa posición moral elevada, con toda esa condescendencia señalando a todo el mundo con el dedo por mancillar el lugar y estar al mismo tiempo faltando el respeto no solo a cada uno de los sujetos que aparecen en la película sino a la propia memoria de un lugar del que tú te aprovechas para emitir tu discurso rancio y apolillado.

Me parece una película tan insoportable como hora y media de discurso del típico colega que se pasa el día quejándose de la deriva de la sociedad, las nuevas generaciones, las tecnologías, los niños que van a los museos a mirar el móvil y demás historias. Me pregunto qué tipo de problema tienes que tener con el mundo para humillar a unas personas por ir a un monumento con camisetas de frases graciosas, porque esto es lo que hace cuando filma lo que filma y cuando monta lo que monta y no es algo colateral ni algo casual ni algo que está ahí sin mala intención, porque tu discurso, tu posición frente a las cosas, tu manera de pensar y de juzgar y hasta de tratar a las personas está en la forma en que dices lo que dices y haces lo que haces, también desde tu papel de cineasta.

Así que esas personas que visitan Austerlitz, por poco solemnes y respetuosas que sean a veces y por mucho que me gustase que las cosas fuesen de manera diferente en algunos aspectos, no están haciendo nada que me ofenda realmente, la ofensa queda lejana, como algo ajeno y más teórico que otra cosa. Esa falta de respeto por lo solemne, por la memoria y por tantos conceptos estimables pero en el fondo algo abstractos no me produce tanto pavor, tanto rechazo y tanta rabia como la falta de respeto por algo tan tangible, directo, real y cotidiano como son las propias personas.

Si esta película involuntariamente demuestra algo es que en ese aspecto todos tenemos que seguir esforzándonos, identificando en uno mismo los errores de otros y dejando de señalar con el dedo a quien falla en lo que, una vez lo piensas, tampoco importa tanto cuando lo colocas frente a lo que verdaderamente importa.