Impy's Island

Tengo que ver una película cada día durante 2017, o caerá sobre mí una maldición y moriré atragantado en cualquier momento. Ayer por la noche noté que llevaba transcurrido de 2017 un día más de las películas que llevaba vistas; así que tenía que ver una película más antes de que terminase la semana, para compensar, y no ir acumulando trabajo antes de que se cumplan los 365 días del año. ¡No puede pasar una semana sin haber visto 7 películas o más! Ya sentía cierto malestar a eso de las ocho de la tarde, cuando estaba dando de cenar a los gemelos masones, que pedían a gritos que les pusiera Pocoyó. Se me ocurrió entonces entrar en Netflix Kids, a ver si daban algún largometraje que pudiera sofronizar a estos niños de 2 años, que durase poco más que la cena, y así poder verlo yo también antes de acostarles para no morir fulminado a medianoche. Sería mi tercera peli de hoy, que me he aplicado a fondo con esta subnormalidad. Encontré esto. Al parecer esta bobadeta alemana, basada en un cuento infantil superventas, se estrenó en cines y no tuvo malas críticas. En realidad, la calidad de la animación no difiere mucho de la que tenía 'Hugo' en los comienzos de Telecinco. La referencia a Orwell de la traducción española es aleatoria, tan peregrina y absurda como haber titulado a esto "Las dinoaventuras de Kramer contra Kramer". Los dibujos se mueven tan raro y sus expresiones son tan estáticas que dan un poco de miedo, es como mirar Cortylandia a oscuras, de madrugada (cuentan que la madrugada del 27 al 28 de diciembre la atracción se activa, a las 5 de la mañana, para solaz de docenas de postadolescentes borrachos... Bueno no. Pero como nueva tradición navideña molaría) y sentirte contemplado por los animalitos animatrónicos. El antropomorfismo de los moñecos también da mucha cosa, el cerdito por ejemplo es muy raro y tiene todo tipo de malformaciones. La trama es amable, teletubbiesca, de esa blancura parismoniosa, casi obscena que da hasta un poco de mal rollo, al estilo de lo que pasaba con Mofly el último koala. Aunque comienza muy guay, con un transatlántico estrellándose contra un iceberg. Desgraciadamente, no vemos las posteriores escenas de sangre, muerte, explosiones, náufragos diseccionados o cadáveres a la deriva, sino que el plano se centra en un simpático huevecito que estaba incrustado en el iceberg, que va a parar a una isla, y que resultaba ocultar en su interior a un diplodocuscito prehistórico que viene a nacer, así, en nuestros tiempos. Se hace amigo del cerdito con mielomeningocele, un lagarto y un pingüino mutantes gigantes y algún bicho más. A veces cantan y corretean (en una escena hacen playback el pingüino y una vaca marina sobre un himno evangélico de Louis Armstrong), y sobre todo son perseguidos por un malvado señor anciano que quiere construir Parque Jurásico (podríamos considerar a esta cinta una precuela canónica de la franquicia de Michael Crichton). No me enteré muy bien de qué pasa al final, pero apuesto a que todo acaba bien y el viejo malvado es asesinado a picotazos. Dichoso Letterboxd, con lo que nos reímos con Pocoyó, seguro que el niño tuvo pesadillas extrañas.

Por cierto, querido diario, el otro día contaba aquí en una reseña que estaba bien jodido porque no paran de rechazarme en todos los procesos de búsqueda de empleo, y que había decidido matar la tarde del viernes peregrinando hacia una ciudad satélite, para quedar con una señora desconocida que me iba a regalar un muñeco bicéfalo para mi colección, que lo había anunciado en nolotiro.org. Pues en qué hora. Fue una verdadera odisea. El Gmaps me avisó de que tardaría una hora en llegar a la estación de metro correspondiente, y que luego tenía que andar unos veinte minutos. El problema fue que cuando cruzaba los tornos del <M> me di cuenta de que me había olvidado el móvil; y no había memorizado la dirección exacta. En fin, no tenía prisa, así que me aventuré hacia allí a ciegas, orgulloso de mi ejercicio de desconexión tecnológica jipi. Iba leyendo una novela sobre un investigador paranormal que se ve envuelto en una trama con alienígenas, una secta parodia de la del palmar y un ejército de paramilitares. Después de una hora de tren subterráneo, salí a la superficie bastante sugestionado por la lectura, y recreándome en mi propia aventura misteriosa que iba a llevar a cabo en aquel pueblito totalmente desconocido para mí. Primero me tomé un café en el bar de al lado de la estación, a ver si me podían prestar un mapa o una guía telefónica en la que buscar la calle a la que tenía que dirigirme. No me acordaba exactamente del nombre de la calle, pero sí de su sonoridad, de que tenía tres palabras, y del número. Si miraba en algún plano las calles adyacentes podría recordarlo. La chica que me puso el café no había visto una guía telefónica en toda su vida, claro. Lo que sí me indicó era que las casas estaban al otro lado de las vías del tren, que por aquel flanco solo había un eterno polígono industrial. Agradecido, me dirigí hacia la civilización, y callejeé un buen rato a la busca de un locutorio. Después de un rato peleándome con la conexión por módem a pedales de aquel lugar, logré localizar mi conversación con la desconocida en Nolotiro. No había contestado a mi mensaje, de hacía dos horas, avisando de que me encaminaba hacia su casa; a lo mejor al fin y al cabo todo el paseo era en balde, pero al menos estaba leyendo y haciendo turismo y ejercicio motriz, que es una actividad muy sana para los que ya estamos en la prejubilación. Volví a consultar en Google Maps, y descubrí que, finalmente, su vivienda estaba de vuelta al otro lado de la vía, y que tendría que atravesar buena parte del Polígono Industrial. Me encaminé hacia allí, y es entonces cuando empezó la aventura de verdad... En realidad no sucedió nada, pero pasé verdadero miedo, cuando tuve que cruzar varios descampados con perros gruñéndome y babeando, y varias rotondas plagadas de prostitutas subsaharianas con muy mal aspecto, los ojos inyectados en sangre, haciéndome gestos y diciéndome barbaridades cada una desde su cuadrante delimitado por un bidón de gasolina ardiendo. Aparte de esos y otros seres del inframundo, no vi a ningún otro ser vivo, solo sombras moviéndose a mis espaldas, yonquis terminales tirados en la cuneta y docenas de edificios abandonados. Por fin, media hora más tarde casi corriendo presa del pánico, comencé a cruzarme con otras personas, que me miraban de reojo y a su vez apretaban el paso, huyendo de mí. Poco a poco, a lo lejos, fui atisbando un edificio residencial, que parecía corresponderse con la dirección que buscaba. Pulsé la clave del telefonillo que me fue indicada, y contestó un hombre, que tras unos segundos de silencio durante los que sentí que me escrutaba a través de la cámara del interfono, escupió: "Ahora bajo". Resultó ser un tipo corriente, de acento extranjero. En una bolsa transparente de Mercadona llevaba mi trofeo, que sorprendentemente medía casi dos palmos, mucho más de lo que parecía por la foto. Amablemente, aunque manteniendo abierta la puerta del portal y con el cuerpo girado hacia dentro del edificio, me explicó que no tenía que volver a atravesar el Polígono Industrial del Terror, sino que caminando en sentido contrario me encontraría enseguida con una parada de Cercanías. El cielo estaba totalmente cubierto de nubes, y soplaba un viento huracanado. No funcionaba el dispensador de billetes, y había casi veinte minutos de retraso en los trenes de pasajeros, pero una vez en el andén me sentí bastante más reconfortado, incluso intercambié algunas palabras con otros seres humanos, y pude seguir leyendo mi novela bajo una farola, muerto de frío, hasta que llegó el tren. Me tiré la media hora de regreso a Ciudad Capital recorriendo todos los vagones, huyendo del atronador electro latino romántico y trap que salía de cada grupito de raperos adolescentes que plagaban el vehículo (como si cada uno llevase su banda sonora ambulante, como si la vida fuese una escena de "The Warriors"), y sobre todo de las bravuconadas e imbecilidades que graznaban. Al final no me quedó más remedio que sentarme en un rincón, cabreado, fantaseando mentalmente con emular la escena de "Bananas" en la que Woody Allen se enfrenta a Sylvester Stallone. Ya en el Centro, todavía me quedaba caminar otra media hora. Cuando llegué a casa tenía 27 llamadas perdidas del trabajo en el que se suponía que me habían rechazado esa mañana, y de paso me habían llamado para trabajar el sábado y el domingo. Y poseía un nuevo ejemplar de mi flamante colección. Así que ni tan mal. Calculo que como caliente lo que queda de mes.

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