The Best Day of My Life ★½

La niña Chiara, quien opera a veces como observadora: hace la narración en voiceover, mira más de lo que es mirada, su primera comunión es una especie de punto de fuga de la narrativa y, en los tramos finales, se pone a filmar su entorno en video. Pero Chiara entra y sale, su punto de vista no es exclusivo. Ésta es esencialmente una narrativa dispersa, de tramas casi paralelas, como CRASH o BABEL, con la diferencia de que los personajes son todos parientes: una señora viuda, sus tres hijos y los núcleos familiares de éstos.
La estructura de la película es admirable. La vieja filmación de la primera comunión de Rita, en contraste con el «hoy» fílmico, luce feliz, integrado, bullicioso, colorido. Aunque, avanzado el drama, hay un momento en que la madre regresa a la filmación y empieza a captar expresiones que podían insinuar algunos de los disturbios venideros. Al final, cuando se registra la primera comunión de Chiara, sabemos de antemano que, pese a la apariencia festiva, la mayor parte de lo que se ve está corrompido, lo cual permite generalizar más allá de esta familia en particular, sobre el proceso entrópico, de desintegración, inherente a la familia en general, si no a la vida misma. Esas películas en la película a su vez juegan con flashbacks que tienen la misma textura casera y añeja, y con imágenes imaginadas por algunos de los personajes: sueños, deseos, conjeturas. En el ir y venir de los personajes de distintas generaciones, queda claro que la formación reprimida e involuntariamente represiva de la madre repercute, aunque en forma atenuada, hasta en sus nietos. La insistencia en la arquitectura y estatuaria históricas de Roma salpica la narración con comentarios visuales sobre la convivencia de lo pagano/profano (la dimensión en que viven todos los adultos) y lo católico (la educación de Chiara y su confusa teología infantil).
Lo mejor es el inicio: sobre los créditos vemos imágenes del caserón de la madre, sin ningún personaje, pero con objetos y sonidos fuera de campo que evocan el movimiento inherente a una familia más o menos amplia con hijos chicos. Cada uno de esos planos es seguido por un encuadre idéntico, con la casa ya un poco degradada, las plantas menos bien cuidadas, y el silencio de la soledad.
Todas estas virtudes se chocan con una especie de vejez generalizada en zonas medulares de la idea y de la realización. Ya hace medio siglo que Antonioni empezó a señalar las hipocresías inherentes a la estructura familiar tradicional en un medio metropolitano, y parece haber un intento mal parido de reproducir ese momento áureo del cine italiano, pero ya degenerado en una serie de clisés melodramáticos telenovelescos (escenas cortas, de esquematismo pedagógico y pretendida intensidad emotiva) y en un contexto menos adecuado (no es tan convincente, hoy día en la capital de Italia, que el personaje de la madre, que tendrá unos 65 años, recién se percate de que su hijo cuarentón siempre fue gay, cosa que éste nunca se ocupó de ocultar expresamente). Los actores hacen lo que pueden con los diálogos y situaciones esquemáticos, y sólo una actriz espléndida como Sandra Ceccarelli, o un joven talento como Andrea Sama, logran superar plenamente la dificultad. La idea de cortar un poco el melodrama aligerándolo con los toques de humor inocente de la perspectiva infantil, a la larga sólo aporta más miel a la receta. La música de Franco Piersanti enchastra las imágenes con grasa pegajosa: es inconcebible que actualmente un músico en su sano juicio pueda proponer como «moderno» esa especie de pop italiano de los cincuenta (incluido vibráfono con acordes jazzy) sin ningún tipo de comillas, a los que se mezclan unos toques «segunda escuela de Viena» cuando la mano viene modernosa, y un temita que pretende aludir a la infancia ajena pero evoca la propia senilidad. Piersanti compuso bellas partituras para películas de Gianni Amelio, y sólo cabe conjeturar que, en este caso, el proyecto le resultó poco inspirador.