Kubo and the Two Strings ★★★★½

A "Kubo and the Two Strings" le sobran cualidades, más allá de su impresionante acabado visual, distintivo y refrescante, para ser considerada una obra valiente. Por ejemplo, es una película que, alivios cómicos a un lado, no teme zambullirse en situaciones dramáticas complejas y novedosas hasta el momento y ahondar en sus consecuencias a través de las reacciones de sus personajes. Tampoco teme mostrar un mundo totalmente nuevo, regido por una mitología tan compleja como mágica, sin atropellar al espectador con demasiadas explicaciones más allá de la información que proviene de la propia narración natural de la historia.

Por otro lado, esa narración, en dualidad constante entre el homenaje clásico y la innovación arriesgada, le supone un riesgo que solo acepta en determinadas ocasiones, como si no se atreviera a decantarse por un único estilo de contar las cosas. Aunque, por otro lado, en una historia en la que se dignifica el antiquísimo arte de la narración, no tendría por qué existir una única forma de hacerlo. Si se me permite quedarme con una de ellas, lo haré con aquella que narra a golpe de secuencias extraordinarias, casi mudas (a veces el diálogo se funde con la imagen) y elipsis magníficamente resueltas, constituyendo un auténtico regalo para los canales comunicativos por los que transitan sus imágenes.

Además, "Kubo and the Two Strings" también es valiente en su mensaje. En un mundo mortal, donde las personas son abatidas por la pérdida y el rencor, también hay lugar para el perdón y el amor, y eso bien consigue que valga la pena. La posibilidad de convertirnos, a través de una metafórica ceguera, en un Dios inmortal que ni siente ni padece, no compensa el hecho de que sigue mereciendo la pena ver, aunque solo sea con un ojo, las desgracias y fortunas que nos depara la vida. ¡Y que ningún parpadeo nos libre de perdérnoslas!

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