Bad Company ★★★★½

Spielberg nos lo acaba de contar: los setenta trajeron consigo el descreimiento de la sociedad estadounidense, abrumada por la resaca de la "década del amor", los magnicidios, las farsas gubernamentales o el hediondo eco de Vietnam. No es de extrañar que en este contexto se intensificara el carácter desmitificador del wéstern norteamericano, incapaz ya de dar cobijo a vindicación alguna de la construcción del país.
De esta tendencia es un ilustre ejemplo Bad Company, primer largometraje de Robert Benton tras su experiencia previa como guionista del nuevo Hollywood. 
El film muestra su filiación a esta corriente detractora desde su secuencia inicial, en la que se presenta a uno de sus coprotagonistas, Drew Dixon (Barry Brown), como un desertor que elude el reclutamiento forzoso en el ejército unionista, reflejando el estado de las cosas en los USA del rechazo a la intervención armada en el país asiático. 
La huida de Dixon conlleva su deseo de hacer fortuna en el oeste, un lugar mítico al que dirigirá sus pasos junto a un grupo de jóvenes rateros liderados por un advenedizo buscavidas, Jake Rumsey (Jeff Bridges), iniciando un periplo ilusionante que irá tornándose árido y desalentador a medida que el grupo se adentre en los espacios que dibuja Benton con la ayuda de los pinceles ocres de Gordon Willis. El grupo se diluirá tras experimentar el impacto de la brutal violencia que emana de esas tierras, violencia que es expuesta con un laconismo absoluto, y sus adalides serán despojados de todo: de sus monturas, de sus escasas pertenencias, de sus referentes, tanto espaciales como morales...y de su inocencia.
Bad Company es la crónica en tono sepia de los ascendientes de Travis Bickle.