Bohemian Rhapsody ★★½

Bohemian Rhapsody comienza y acaba con la actuación de Queen en el megaconcierto Live Aid del 13 de julio de 1985. No es una opción elegida al azar porque, a pesar de que la película de Singer adolece de una alarmante falta de contexto, cualquiera que tenga algo de memoria (me refiero a los carcamales como yo) o interés por las vicisitudes del pop sabrá que la intervención del grupo ha pasado a la historia como la más memorable de todas las que fueron sucediéndose tanto en el Wembley Arena de Londres como en el JFK Stadium de Filadelfia y significó el regreso de la banda a la primera línea del éxito en un momento en que eran poco más que unos dinosaurios de otra época. Para un grupo de rock que nunca obtuvo el respeto de la prensa musical, subrayar el instante en el que pudieron mirar por encima del hombro al resto de la élite rock es la coda perfecta para aportar un tono triunfal a un relato sobre su carismático líder.
Porque esta película es 100% Queen: evasión, pompa, pragmatismo y ánimo de lucro. Lo cual, traducido en términos de biopic, no puede dar lugar a resultados demasiado satisfactorios. La presencia e influencia en el proyecto de Brian May y Roger Taylor (que continúan a día de hoy exhibiendo el cadáver de Queen por todo el mundo, don’t forget) es determinante para que Bryan Singer se ponga al servicio del mito y construya un hagiografía en la que se amplifican los logros (el feliz hallazgo de acometer una variación en el método Led Zeppelin, sustituyendo el quejido del blues por el "Do de pecho” operístico, por ejemplo), aplicando el difusor a las luces y sombras (aquí, la vida disoluta de Mercury se debe en buena medida a reprobables influencias externas) y obviando totalmente aspectos indefendibles (ni una sola mención al hecho de haber sido la única gran banda que participó, en 1984, en los conciertos de Sun City, pasándose por el forro de terciopelo el boicot cultural auspiciado por el movimiento contra el apartheid en Sudáfrica).
Entre Bryan y Brian se opta por diseccionar la personalidad de un front man extraordinario que alternaba las multitudes y la soledad; la exuberancia y la introspección; la dependencia emocional de una mujer y la homosexualidad, pero sin que el escalpelo profundice más de la cuenta.
Alguna excepción: la solitaria visita al médico que confirma el terrible diagnóstico, en la que un enfermo en la sala de espera apela, con una tristeza infinita, a los vítores que el cantante hizo tan célebres; la imagen de la estrella con la mirada puesta en la ventana de la casa de su añorada Mary Austin; el show final en Wembley, claro, o el momento en el que Mercury conoce a May y Taylor y en el que les explica que el hecho de tener más incisivos de lo normal transforma su boca en una privilegiada caja de resonancia.
Paradójicamente, para digerir este panegírico amable e inofensivo, nadie va a necesitar sus incisivos, caninos o molares.

Juan liked these reviews

All