Stalker ★★★★★

Han pasado más de tres meses y, finalmente, me he vuelto a adentrar en una sala de cine, esa Zona vedada en la que, eventualmente, se producen milagros. 
La excusa era el pase de una de las obras mayores de Andréi Tarkovsky. Su personal inmersión en un espacio metafísico, pura materia de ciencia-ficción, que el director ruso transforma en la proyección de la psique humana. 
La clave del asunto y, lo más fascinante, la obsesión formal de Tarkovsky, es superar ese nivel consciente para acceder a lo más recóndito de nuestra naturaleza o, en su defecto, dar testimonio de la imposibilidad de hacerlo.
Paradigma del cine con una sincera voluntad de relevancia, de un doloroso existencialismo, Stalker ejemplifica el compromiso de Tarkovsky con una manera de contar absolutamente única, que aleja al espectador de la dinámica de causa y efecto para situarlo ante una representación poética de la vida.
El firme propósito de no alterar la percepción del tiempo en todo momento, los personajes-tipo, los espacios ilusorios que estos transitan y la mutación de los sonidos diegéticos en banda sonora son elementos que hacen de Stalker una experiencia de una intensidad inédita.
Una majestuosa búsqueda de la trascendencia que concluye, como en Ordet de Dreyer o en Under The Skin de Glazer, con una imagen memorable que incorpora toda la carga lírica y conceptual que le ha precedido.

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