The Missouri Breaks ★★★★

Tercera incursión en el wéstern para Arthur Penn y segunda para el excelente guionista Robert Towne, The Missouri Breaks retoma los conflictos entre rancheros y ladrones de caballos desde una interesante óptica revisionista.
Por un lado, atendiendo a las motivaciones emocionales tanto del ganadero David Braxton (John McLiam, rostro habitual del género en los 70s) como del rustler Tom Logan (Jack Nicholson, magnífico). El primero, abandonado por su esposa y aferrado a su hija con la misma determinación que a su ganado; el segundo, como patriarca de una familia sui géneris, la que forma junto con su cuadrilla de cuatreros, unos desheredados al margen de la ley muy lejos de ser o parecer unos desalmados.
Por otro lado, el film de Arthur Penn pone en solfa la pretendida voluntad civilizadora de los latifundistas del Oeste. Braxton, que alardea de su voluminosa biblioteca personal mientras custodia a uno de los hombres de Logan hacia la horca, se nos presenta como un cínico que recurre a la violencia para perpetuar su posición y a eufemismos para hacer esa violencia asimilable: sus ajusticiamientos sumarísimos son estricto cumplimiento de la ley y el asesino al que contrata para acabar con los robos es nombrado asépticamente como regulator.
Y qué regulator, santo cielo. Robert Lee Clayton, un terrible asesino a sueldo con un discutible gusto para elegir atuendo, es una auténtica anomalía dentro del género, básicamente por la extravagante interpretación de un Marlon Brando que, a esas alturas de su carrera, era un caballo desbocado al que nadie –ni siquiera el señor que triunfó con The Left Handed Gun y con Little Big Man– se atrevía a echar el lazo.