Midsommar ★★★★½

Han pasado casi quince años desde que Eli Roth pusiera el dedo en la llaga del torture porn con la historia de unos chavales con ganas de divertirse por la Europa más porrera.
Ari Aster tendría dieciocho años cuando la vio, pero al igual que muchos de sus colegas, seguro que antepone el cine de Bergman o Sjöström antes de reconocer que, coño, qué buen rato se pasa con Hostel.
Y ahí es donde entra de lleno su nueva película. Midsommar es un Hostel sofisticado. Es slasher, es horror de campiña inglesa (sueca) y es un psicodrama poderoso. Es un clásico pez fuera del agua. Una Trampa para turistas. Como Hostel si Eli Roth hubiera estudiao.
Y Aster se lo toma con calma. Se permite el lujo de incluir un señor prólogo que podría pasar por uno de sus cortometrajes pre-Hereditary. Y todo para hacer daño. Porque, en realidad, Midsommar es terapia contra el dolor. Contra la pérdida. Ir a perderlo... y perderse en clave de terror.
Antes se nos llenaba la boca con aquello del "posthumor". Ahora la moda es el "terror elevado".
Digo yo que en realidad igual estamos ante el creador del "posthorror".