Once Upon a Time... in Hollywood ★★★★

No existe ni un solo director que haya sido capaz de hacer todo lo que Quentin Tarantino lleva diseñando desde que Reservoir Dogs corriese de oreja en oreja hace tanto tiempo que no quiero ni acordarme.
Tarantino no ha creado un universo personal. Tarantino ha tuneado el mundo que todos hemos conocido, creando una dimensión alternativa donde sus personajes van y vienen, conducen temerariamente y fuman cigarrillos Red Apple.
Su nueva película es un resumen perfecto de las razones por las que ha creado ese universo: para quedarse a vivir en él y recordar sus días de gloria cuando sea un anciano invidente. Para recordar su Hollywood.
Esto fue una vez en Hollywood, pero en el de Tarantino.
A pesar de que un montón de caras conocidas resuciten para crear ambiente, ninguna llega a tener más calado ni importancia que dos de los personajes más finamente escritos de su carrera. Rick y Cliff son los protagonistas más entrañables y tiernos de su carrera desde los días de Jackie Brown, una película tan melancólica como ésta pero que casi parecía terrenal.
Su nueva peli no lo es en absoluto, pero como justificación de la existencia de un universo donde sentirse cómodo y a salvo, es perfecta.
Una nueva lección de historia bastarda a la que le sobran visitas a los sets y paseos en coche.
El chiste definitivo del tío que estaba en el bar de Desperado, que se enrolla y lo cuenta como dios, gustándose y estirándolo. Haciendo que entres y salgas, pero que sabe cómo volver a meterte de lleno, porque lo mejor es el final. Un paso más allá del metalenguaje y la referencia. Y de la reverencia, por supuesto.

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