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El cine de Jacques Tati es inclasificable. Parece que usa medidas de tiempo distintas, un timing cómico diferente y una puesta en escena fuera de toda lógica. Y aquí, en la película que arruinó su carrera como cineasta arquitectónico, hay una sobredosis de información como no había manejado nunca.
Como si el Cimino de La puerta del cielo se hubiera empeñado en rodar The Party de Blake Edwards, vemos una serie de historias entrelazadas con una continuidad alucinante y unos trucos de cámara que, no te lo pierdas, rodaban en 70mm.
Empacha, sí, como todo su cine (sobre todo cuando observas tu impotencia preguntándote cómo demonios es posible que estés viendo algo así), pero, amigos, a ver cuándo volvemos a ver una Tativille con tanta vida y esa profundidad de campo.
Joder, no sé si esto es una película, pero es fascinante.