Lincoln ★★★★½

La obra de Steven Spielberg gira en torno a una fascinante paradoja: pese a toda su luz y optimismo, está animada por un trauma oscuro: la orfandad, sea entendida de manera literal, como distanciamiento de los padres, o como desgracia infantil. E.T., El imperio del sol, Hook, Atrápame si puedes, A.I. (Inteligencia artificial) y La guerra de los mundos son los ejemplos más notorios. También está presente en Tiburón, Parque Jurásico e Indiana Jones y la última cruzada, entretenimientos puros plagados de “daddy issues”. ¿Y qué otra cosa es La lista de Schindler sino el homenaje a un padre entregado a salvar a sus hijos?

No es de extrañar, entonces, que Lincoln conciba al presidente como la figura paterna definitiva de la Unión Americana. Spielberg no es un hijo acrítico. En Lincoln, el padre de la nación emancipada no es un santo incapaz de desviarse de sus ideales, sino un hábil líder que no duda en comprar votos o en alargar una fratricida guerra civil si esto conviene a un objetivo ulterior: la unificación de Estados Unidos como una nación próspera de hombres libres y soberanos.

¿Ampuloso? No realmente. Tras una exposición de hechos presentada a través de diálogos casi teatrales y carentes de música, Lincoln se transforma en un ágil thriller enfocado en la operación política que hizo posible la enmienda constitucional que abolió la esclavitud a principios de 1865.

El guión de Tony Kushner, repleto de extraordinarios duelos verbales, le da gravedad contemplativa a los arranques sentimentales de Spielberg, quien sorprende al trastocar las expectativas estilísticas del espectador: viñetas como el paseo de Lincoln por el campo de batalla de Petersburg son presentadas con contención, lejos de la espectacularidad horrorizada de Salvando al soldado Ryan o La guerra de los mundos, mientras que los procesos en el Congreso están estructurados con una excitación deslumbrada y deslumbrante.

La votación de la enmienda, con esa delirante danza de gestos y explosiones que antecede el anuncio uno a uno de cada sufragio, demuestra que, tras cuatro décadas como director, el fundador de Dreamworks se encuentra en plenitud de facultades. Lincoln contiene la que quizá sea la secuencia más íntima y desgarrada en la obra de Spielberg: el goce de un niño por el teatro/cine queda obliterado por el anuncio de la muerte del padre. “La Historia que se mezcla con la historia”.

Daniel Day Lewis destaca como Lincoln, pero la cinta es un trabajo de ensamble donde todos se lucen sin generar disonancias, conscientes de la responsabilidad que implica participar en el proyecto. Y es que la ambición de Lincoln no es ser una mera ilustración histórica, sino promover la pertinencia del consenso en aras de un bien superior. No se necesita ser estadounidense para comprender la vigencia del discurso.

Nota al margen: el maquillaje en Lincoln es perfecto. Este es el modelo a seguir, no los excesos recientes de J. Edgar, Cloud Altlas o Prometheus.

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