Demon Slayer – Kimetsu no Yaiba – The Movie: Mugen Train ★★★★

Una de las primeras cosas que suelen enseñar en las escuelas/universidades de cine (o arte) es que cuando se analiza una obra no importa lo que le pasó antes, durante, o después al que va a analizar. Esa propuesta en más de un sentido es comprensible (y justa) porque una película, una obra cualquiera, no es responsable de nada de lo que suceda afuera. ¿Te cayó mal la cena? ¿Qué culpa tiene la película? ¿Te dieron una buena noticia antes de verla? ¿Por qué debería influir eso? ¿Qué le importa, peor aún, al lector lo que le pasó al escritor en su vida?

Todos entendemos que hay que separar las cuestiones individuales porque, es cierto, las obras no tienen nada que ver. Pero aún así es imposible que separemos nuestro propio universo, nuestra experiencias (íntimas o no tanto) cuando leemos una obra. Se intenta valorar con objetividad la propuesta que tenemos adelante pero al final del día volcamos, en mayor o menor cantidad, nuestras ideas sobre el mundo y las cosas.

Vargas Llosa va a ver Zero Dark Thirty en un cine de New York y cuando termina la función cuenta como están todos emocionados hasta las lágrimas. La crónica funciona. Estados Unidos, piensa él en 2012, todavía no perdió ante China porque existe el arte que expone lo peor de forma autocrítica. José Pablo Feinmann ve otra cosa: ve una protagonista que llora porque sabe que se equivocó pero hay que seguir adelante porque el error no se puede reconocer. Ambas lecturas me fascinan porque hablan sobre la película pero también sobre los autores de las críticas. Lo mismo pasaba con Borges cuando escribía sobre Buster Keaton. Escribir sobre películas nunca es solo escribir sobre películas.

No tenía idea qué era Demon Slayer. Sabía que el mayor éxito de taquilla en la historia de Japón. La taquilla es reveladora pero rara vez nos dice si una película es buena o mala (si tales conceptos existieran). La película de una banda de cantantes pop puede romper récords en su país de origen o incluso más. Que más o menos gente vaya a ver una película no debería ser un indicador de su supuesta calidad aunque tampoco es un dato que no importe. Pero, aunque sospechaba que podía ser algo para los fanáticos, tenía curiosidad por saber de qué se trataba.

El problema es que no consumo casi nada de animé en formato de series aunque conozco lo más mainstream. Tampoco consumo mangas. Vi todas las películas clásicas y muchas me parecen increíbles (Perfect Blue, Grave Of The Fireflies, Ghost In The Shell, Paprika todas las de Miyazaki, y varias más) pero acá no sabía con qué me podía encontrar. Un amigo me advierte: "mirá la serie de Demon Slayer antes de verla, porque la película continúa la primera temporada y es el puente con la segunda". Con lo que me gustan las series, y lo que me entusiasma pensar en las películas serializadas donde tenés que ver las 50 anteriores porque la gracia es que en el minuto 26 de la película 51 aparece el personaje X que va a tener una serie propia en el futuro, no era el mejor de los augurios ese consejo para ver Demon Slayer.

Decidí no ver la serie. "Pero leé aunque sea una sinopsis de Wikipedia antes" me insistió como quien teme lo peor. Sin ánimos de llevar la contra, pero tampoco regodearme en mi ignorancia, no hice caso. Me generaba curiosidad esta nueva experiencia. En esta época si David Fincher asume que el espectador conoce a Orson Welles y vio Citizen Kane se considera que el director es un "snob". ¿Quentin Tarantino piensa que la audiencia sabe quién es Sharon Tate? Snob y elitista. Pero aparece la nueva película/franquicia de superhéroes que asume que viste (compraste, consumiste) las 30 películas/series/videojuegos anteriores y es "arte popular". Cuando se confía en la inteligencia del espectador o se espera que uno pueda ir e informarse (por curiosidad, aunque sea) se cataloga a ese texto como pretencioso. Todo, se supone, se nos tiene que dar masticado y regurgitado.

Demon Slayer no se preocupa en contextualizar porque tampoco es necesario más contexto que el que la película sugiere. Antes de verla le digo, un poco en broma, a mi amigo de las advertencias: "Mirá, no sé nada de Demon Slayer, pero asumo que es sobre un grupo de chicos que se dedica a eliminar demonios". No me equivoqué. Esa era la base. La riqueza está en los detalles. La película funciona como un todo con inicio, nudo y desenlace. Se entiende qué arquetipo representa cada personaje y qué relación tiene cada uno con el resto. Hay diálogos explicativos de varias situaciones. ¿Me acuerdo cómo se llama el demonio o compañero rubio que es algo torpe y temeroso? No. Pero sí lo que representan en ese todo, que es la película.

Entonces, ¿qué se está contando? ¿Es algo que busca, de manera deliberada, dejar afuera a una porción importante del público porque es "para entendidos"? ¿O es algo que nos quiere vender 30 productos distintos? Demon Slayer Mugen Train es una película y se me ocurre que es el mejor elogio que puedo decir. Una que me gustó mucho. No solo porque es espectacular en todo sentido de la palabra (no la vi en un cine pero pensaba cuánto me hubiera gustado verla en una sala). Sino también porque en dos horas cuenta una historia rica en idea.

Como en muchas películas más que interesantes hay un tren que representa algo más que un tren (para Buster Keaton una locomotora era más que eso, para Sergio Leone no era tanto la civilización y el progreso, y así un largo etcétera). Hay un maestro y hay discípulos que lo admiran. Existe la idea de la nobleza, de lo horroroso, de lo onírico, de la trampa del sedante que obnubila, de la diferencia entre ver y mirar. Como en The Grand Budapest Hotel los personajes veían cómo el mundo cambiaba desde un tren en Demon Slayer Rengoku-san ofrece la posibilidad de otro mundo, uno lleno de coraje.

Borges decía que la tarea del arte es "es transformar lo que nos sucede continuamente, transformar todas estas cosas en símbolos, en música, en algo que pueda durar en la memoria del hombre y un escritor o un artista".