Kicking and Screaming

Kicking and Screaming ★★½

Pretensiosa, idiosincrática, burda en muchos sentidos, la primera película de Baumbach también tiene algo encantador.

Es difícil de cernir exactamente, pero esta es mi idea: Baumbach me hace entender, desde esta película y todas las que le he visto, que caracterizamos, tácitamente, ciertas representaciones idealizadas de la vida cotidiana con un realismo.

¿A qué me refiero con esto? A que muchas críticas de Marriage Story, por ejemplo, iban a que Baumbach estaba retratando un drama familiar de gente particularmente privilegiada. Frente a esta crítica algo inconsistente, yo me preguntaba qué es lo que querían: ¿Que un hombre blanco privilegiado retratara un matrimonio fallido en circunstancias terribles en Haití? ¿Acaso solamente ciertas representaciones no-privilegiadas (¿?) de un matrimonio pueden llamarse "realistas" o generar un interés?

Algo que puedo admirar de Baumbach es que su realismo es realista porque no busca idealizar la realidad que retrata. O no de forma inmediata. Se nota que ama a sus personajes, que se pone en ellos y que se ama a sí mismo. De ahí la pretensión. Pero la enorme mayoría de sus personajes son odiosos, incompletos, fallidos, atravesados por enormes contradicciones. Y esto es algo en lo que Baumbach se regodea: porque la identificación, la mimesis inmediata, es un mecanismo particularmente tramposo.

Frente a esto, muchas representaciones de la realidad o muchas representaciones que se estiman más realistas -sobre todo en Hollywood- me parecen llevar una carga ideológica más palpable. En cierto sentido, Baumbach no quiere que ames a sus personajes como él los ama. Ni quiere que pienses que su forma de mostrar una realidad inmediata, privilegiada, que él conoce profundamente, sea una idealización de esa realidad. Marriage Story es la película de un hombre blanco horrible llorando hecha por un hombre blanco horrible llorando. Hay una transparencia en eso.

Esta transparencia regresa a la lucha de Brecht contra el teatro mimético burgués. Y, ya sé, no estoy comparando a Baumbach con Brecht. Sería un gesto provocador, pero demasiado vano y apresurado y algo ridículo. No, lo que digo es que el distanciamiento brechtiano se oponía a la identificación inmediata de la mimesis burguesa en su capacidad de transmitir una ideología. Es decir que el drama burgués necesita causar una creencia en la realidad de la representación (por eso la escena a la italiana, la sala oscura, la idea de una cuarta pared, la pistola de Chéjov...) para decir que esa realidad es La Realidad. El drama burgués utiliza la idea del realismo para transmitir un espejo idealizado de la sociedad burguesa. Y, de cierta manera, es el mismo mecanismo que se sigue empleando en muchas representaciones cinematográficas actuales. Especialmente en Hollywood, la meca de la transmisión ideológica a través de la fuerza de una normalización realista. En los Oscar, por ejemplo, siempre se premian a las películas pensadas como "serias" porque retratan un cierto aspecto de la realidad (dramas bélicos, dramas históricos, biopics, etc...)

Kicking and Screaming es la obra de un hombre blanco saliendo de un liberal arts college y sintiéndose la puta hostia con sus amigos intelectuales que dicen estupideces como: "Para que me entiendas, si Platón es un buen vaso de vino, Aristóteles es un martini seco". Pero, en eso, no cae en las idealizaciones inmediatas de Hollywood respecto a lo que es o debe ser la vida del college, la vida laboral después, la vida en general como un patrón preestablecido y martillado por un mainstream cultural poderoso.

Hacer que tus personajes muestren tu privilegio, tu pretensión, tu horrible sentido del entitlement y sean odiosos por ello, me parece algo particularmente valiente. Sobre todo en una industria que empuja el talento de muchos directores hacia la necesidad de aplausos fáciles (véase a Steve McQueen celebrando ganar un Oscar por su producción -por mucho- más diluida).

La idea, entonces, que me planteó Kicking and Screaming sobre el cine de Baumbach es que es interesante ver un realismo honesto que habla desde donde puede hablar (misma pretensión interesante y despreciable de Reygadas) y que no se preocupa por las cosas que no sabe contar ni por idealizar lo que conoce.

Hay un esfuerzo de transparencia en mostrarse tan despreciable. Un esfuerzo autotélico, lo entiendo, que equivale a olerse los pedos, pero que al menos no pretende otra cosa. No pretende entender los problemas del mundo, no pretende resolver los problemas del mundo, no pretende, si quiera, comprender el génesis de toda esta incomodidad.

Una exploración en sí que, en su aspecto fragmentario, en la construcción incomprensiblemente repugnante de sus personajes, permite ver un cacho de realidad. Es cómico porque es absurdo como la realidad misma. Es horrible de ver porque es absurdo como la realidad misma. Es absurdo porque es una forma de acercarse, imperfecta como todas, a la realidad misma.