I Kill Giants ★★

This review may contain spoilers. I can handle the truth.

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¿Te enterneció la fantasía de maduración infantil de Where the Wild Things Are (2009) de Spike Jonze?; ¿lloraste a moco tendido con el desenlace del maravilloso relato de evasión de la más despiadada realidad que experimenta Conor, el joven protagonista de A Monster Call (J.A. Bayona, 2016)? Entonces I Kill Giants puede ser tu película. No pretende equipararse con las anteriores (no puede, ni por presupuesto ni por frescura) pero si que busca y consigue narrar otra historia de fantasioso aislamiento del dolor, de cruda emancipación a la realidad de la vida adulta, con la enfermedad como un elemento más de la vida y la terrorífica cercanía de la muerte como punto final de la existencia humana.

El debut en largo del canadiense Anders Walter sigue las rarezas de la joven inadaptada Barbara (Madison Wolfe) la cual se aísla diariamente y a todas horas en su propio y artificial entorno de seguridad, fabricado según el dictamen de su mente, a imagen de su choza mágica (por los tótems que allí guarda) en la playa, justo al lado de la casa que comparte junto a sus hermanos algo más adultos. Misteriosamente, el piso superior del domicilio es infranqueable debido a oscuras amenazas funestas, así que su vida discurre prácticamente entre la asistencia al instituto (donde es persistentemente asediada por un grupo que practica con ella bullying) y los bosques cercanos, lugar donde practica su verdadera pasión y para la que acredita una extraordinaria habilidad: salvaguardar a la comunidad del ataque de los Gigantes, seres monstruosos que tan sólo ella puede ver y emboscar.

Tendrá como valedoras y fieles amigas, a pesar de su carácter evasivo y traidor en ocasiones, a su hermana mayor y una nueva vecina y compañera de clase. Lo que sigue ya es desvelar demasiado, ya que el pequeño filme se construye alrededor de su relato. No cuenta con destacadas actuaciones, ni relevantes efectos visuales, sino que pretende ahondar en la fibra anímica del espectador mediante su historia, pero cuenta con un handicap mayúsculo: su desarrollo se estira con lentitud sin apenas sobresaltos emocionales, dejando todo el meollo de la cuestión para sus últimos veinte minutos, lo cual eterniza la espera mediante un relato que se vuelve insípido con el paso de los minutos, debido a la falta de elementos adicionales al de su propia narrativa.

I Kill Giants desea construir un nuevo ejemplo de carta emocional a la juventud que se abre paso dolorosamente hacia el mundo de derechos y deberes de los adultos, trata de erigir un nuevo ejemplo de cómo encarar el dolor desde una perspectiva dura y madura, de juna manera humilde y sensible, pero acaba siendo esclava de los defectos que se infringe ella misma mediante la excesiva duración de su relato. Quizás aún no era el momento adecuado, dados los gigantescos referentes, de de dar el salto al largometraje; quizás su joven director aun debería madurar sus proyectos en el formato del cortometraje, a la espera de narrativas más uniformes e hilvanadas. De momento se queda en el buen camino.