Mute ★★½

This review may contain spoilers. I can handle the truth.

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La quietud se hizo movimiento enérgico, dinámica violenta, y con ella cambio el destino y la misma valoración del proyecto. Éste bien podría ser un sucinto resumen del quinto largometraje del vástago de la leyenda David Bowie, el cual demostró sobradamente su singular sentido artístico ya en su exitoso debut Moon (2009), con un diseño visual retro y unas atmósferas claustrofóbicas que repetiría más tarde en la infravalorada Source Code (2011).

Para su cuarta aventura en grande (tras la desapercibida y algo inconsistente Warcraft, en 2016), Duncan Jones retorna a un relato minimalista de gran carga anímica, con una notoria atención volcada sobre el apartado del diseño de producción, mediante la recreación de un futuro Berlín distópico al que muchos acusan su exceso de semblanza con la sociedad angelina descrita en la mítica Blade Runner (1982) ,y por consiguiente, su falta de originalidad.

Es innegable la similitud de ciertos paisajes urbanos presentes en ésta película volviendo la vista hacia la de Ridley Scott, pero no creo que eso deba ser una muestra de desconsideración hacia la arquitectura interna del proyecto. Tal y como el joven director británico ha declarado, el espíritu de este filme pretende flotar espiritualmente sobre ciertos aspectos de su sonado debut; entiendo que especialmente en lo relativo al control de los lobbies económicos sobre el ciudadano, aquí en éste proyecto gravitando en la insignificancia del individuo ante una gravedad circunstancial que le acaba determinando, que acaba despedazando sus sueños y promesas ante una ruda realidad controlada por lo instantáneo y lo prohibido, aniquilando cualquier proyecto de futuro estable.

El principal lastre de esta nueva aventura radica en el tono y su montaje. El desarrollo de la historia avanza torpemente, sin aportar apenas información novedosa que introduzca variabilidad a su arco narrativo, ofreciendo un tono plano y tedioso, aburrido y desesperante, que en un tramo corto puede hacer desistir a una amplia mayoría de espectadores. Al hilo de este ritmo cansino, el montaje avanza lentamente con escasas puntas de diversificación visual, regalando un aspecto demasiado uniforme o monocromático a toda la cinta.

No obstante, como suele ocurrir en pocas ocasiones, el último tercio del filme entrega al fin una buena recompensa al paciente espectador. Al inesperado y funesto destino de Naadirah se añade la explosión liberadora, repleta de violencia descarnada, que tanto tiempo ha ido conteniendo Cactus Bill (y el propia protagonista, Leo) muy a su pesar, con el fin de salvaguardar el futuro de su pequeña, el secreto mejor guardado de la cinta, adquiriendo todo una dimensión radicalmente distinta a la presentada hasta ese instante. Así, convencen las explicaciones, las durante todo el metraje, y la catarsis final llega abrupta y sorpresivamente en un paisaje alejado de la falsas luces de neón y los hirientes interiores con amenazadores claroscuros vertidos hasta el momento.

Son en esas últimas secuencias donde la película adquiere un relieve mayor al que su comercialización da a entender, se torna grande al exponerse como síntesis anímica del ser ante las trabas y fatalidades que nos va deparando el destino en el camino de la vida, más allá de burdas conversaciones y burdos e inútiles gestos de una gravedad impostada, artificial, plasmados durante gran parte de la película. Todo una lástima, ya que acaba dejando la impresión de que con un poco más de libertad autoral y tiempo podría haberse erigido como una obra completa, notable. Sigo deseándole eso y esperando otra nueva muestra de independencia e ingenio al bueno de Duncan Jones.